Una Mítica Travesía al Reino de los Duendes y las Sirenas

Editorial Kier
Colección del Canal Infinito
222 páginas
ISBN 950-17-7032-X
La Trilogía que comenzó con la “Guía 1”, continúa ahora con las nuevas aventuras de Ojos de Menta y Ojos de Miel, en la “Guía 2”(se pueden leer en forma no correlativa).
Entrando a las profundidades de la Caverna Sagrada y cruzando el mítico Río Violeta, ellos se adentran en los mágicos Reinos donde viven los Duendes, los Elfos, las Ondinas, las Sirenas. Guiados por la maga Melusina y su gato Arturus, conocerán los poderes, hábitos y ritos de los seres que mueven las energías de los Reinos de la Tierra y del Agua. Y también a las Gorgonas, Medusas y otras tremendas criaturas que viven en las misteriosas honduras de la materia. Los Magos Europeos, los Kabalistas, los Alquimistas, los Monjes rebeldes, se suman a la Caravana.
Nadie ha regresado de este mítico viaje, tal como era antes de partir. Compruébalo por ti mismo…

Índice

Agradecimientos

Prólogo

Introducción

Capítulo 1 – La Caverna Sagrada
Capítulo 2 – Los preparativos
Capítulo 3 – El Gigante

El Reino de la Tierra

Capítulo 4 – Los Duendes de la Frontera.
Capítulo 5 – El contacto con un Duende.
Capítulo 6 – Los Mimis y los siete Enanos de Blancanieves.
Capítulo 7 – Los Brownies.
Capítulo 8 – El Bosque Encantado.
Capítulo 9 – Raptados por las hormigas
Capítulo 10 – El Rey de la Tierra
Capítulo 11 – Los Elfos de la Luz
Capítulo 12 – La invocación de los Elementales de la tierra.
Capítulo 13 – La Arcadia.

El Reino del Agua

Capítulo 14 – El encuentro con las Sirenas.
Capítulo 15 – Relatos de amores apasionados.
Capítulo 16 – La verdad sobre Ulises.
Capítulo 17 – Los nombres mágicos.
Capítulo 18 – La misteriosa Melusina.
Capítulo 19 – La Oración del Agua.
Capítulo 20 – El Tiempo sin Tiempo.
Capítulo 21 – La entrada al País de las Hadas.

Introducción

Queridos Lectores:

Me han encomendado presentarles en pocas palabras lo acontecido hasta ahora con Ojos de Menta y Ojos de Miel. Aunque encontrarán ampliamente relatada en la Guía 1 la primera expedición que los bravos Comandos de Conciencia realizaron en Creta, les relataré cómo empezó la historia y algunas de las aventuras que vivieron mientras se internaban en el Reino de los Ángeles.

Después de una ventosa noche navegando bajo las estrellas, Ojos de Miel desembarcó en Heraklion, el antiguo puerto griego conocido por iniciados y buscadores espirituales de todos los tiempos. Allí la esperaba Ojos de Menta, nuestro otro bravo Comando de Conciencia, quien ya había establecido contacto con los monjes ortodoxos del monasterio del Nuevo Amalfion. Pertenecientes a una antigua orden del cercano monte Athos, ellos saben muy bien dónde se encuentra cierta misteriosa Montaña Sagrada habitada por Ángeles. Y también la gran Caverna situada en su base, puerta de acceso a los Reinos de los Elementales, por donde suelo andar con mi maestra, la Maga.

En medio de grandes aventuras y guiados por un pastor amigo de los monjes, entraron con su ayuda a los primeros territorios habitados por Ángeles y, aunque todavía no podían verlos, sintieron sus abrazos. En medio de fuertes vientos, los Arcángeles abrieron los cuatro puntos cardinales de sus vidas. Y los Principados los bañaron en pétalos de rosas, dándoles la vitalidad de la naturaleza.

Una pesada puerta de madera enclavada en una pared de piedra les dio el acceso al territorio de los Ángeles Potestades y a la Fortaleza de los Monjes Guerreros. Y siguiendo las indicaciones de un enigmático peregrino se sumergieron en el fresco Río del Olvido, que cura todas las tristezas. Los vientos los elevaron hasta el territorio de los Ángeles Tronos y a la caverna del Eremita de las noventa y nueve velas. En medio de un perfumado campo de azucenas recibieron la bendición de los Querubines y el Akatistho de la dicha. Y envueltos en mil alas de colores giraron y giraron en los brazos de los Serafines hasta marearse de Dios. Todavía embriagados por los Ángeles, descendieron hasta el pie de la Montaña. Ahora iré a buscarlos. Entonces, conducidos por mí, tal como ustedes, entrarán a las profundidades de la Caverna, más allá del Río Violeta.

Queridos Lectores, en la Caverna Sagrada los esperan los Duendes, las Sirenas, la Maga, un poderoso Alquimista y quien les escribe esta nota, para ser el primero en saludarlos.
Atentamente
Arturus
Prepárate, aquí, en el Capítulo 1, comienza el Viaje…
Cuando llegues a la Oración mágica, cierra los ojos, respira profundo y salta tú también en los brazos del Gigante…

Capítulo 1
La Caverna Sagrada

–¡Ohhhhh!… –susurré emocionada–. Hemos llegado.

La Caverna Sagrada nos iluminó con una extraña luz azul. Desde sus profundidades, misteriosas oraciones e inquietantes voces nos invitaban a entrar.

–Son ellos –susurró la Maga desde las honduras, al verlos llegar a través de su espejo mágico.

–Sí, aquí vienen: son Ojos de Menta y Ojos de Miel. Sean bienvenidos –dijo Arturus, ceremonioso, observando a los jóvenes de aspecto adolescente y ojos puros plenos de inocencia y de desbordante curiosidad.

–Bienvenidos, bienvenidos, bienvenidos… –repitieron desde la otra orilla del Río los Duendes y las Sirenas.

–Los esperamos en nuestros Reinos –cantaron las Hadas. Algunos Dragones sonrieron; otros rugieron amenazantes.

–Por aquí, pequeñuelos, vengan a mi encuentro –dijo la Maga, derramando sobre el piso siete gotas de esencia de jazmines, que se elevaron obedientes hasta la superficie señalando el camino–. Arturus, ¡ve a buscarlos! –ordenó a la criatura.

La suave niebla azul perfumada de jazmines nos atrajo hacia dentro, hacia dentro, hacia dentro… y en el piso de piedra se marcaron unas diminutas huellas luminosas.

–Sigamos los pequeños pies –dije mareada–. Mira, Ojos de Menta,… ¡el piso parece un cielo! –grité, al ver que caminábamos pisando estrellas.

–¿Adónde nos llevas? –preguntó Ojos de Menta a las huellas de luz.

–Al Misterio de los Misterios… –contestó la Maga, sonriendo divertida–. No pregunten, por ahora; como en toda experiencia nueva, sólo pueden avanzar si confían.

Descendimos y descendimos en espiral por un estrecho caminito, apenas iluminado por la línea de estrellas que dejaban las pisadas luminosas, hasta que poco a poco fueron desapareciendo. Mi corazón latió como un tambor. Nos detuvimos en medio del silencio.

–Para empezar de nuevo, para conocer lo desconocido, hay que entrar en el misterio. Y escuchar –dijo una voz cálida en la oscuridad–. Criaturas, están descendiendo también a los niveles más profundos de ustedes mismos. Ojos de Menta y Ojos de Miel, les doy la bienvenida,

–¿Quién eres? –susurré, mirando en todas direcciones.
Silencio. Nadie contestó.

–Debe ser la Maga. No hay duda alguna… –susurré a Ojos de Menta. Los monjes del Monasterio del Nuevo Amalfion nos habían anticipado que la información que buscábamos sobre los Elementales nos sería entregada en las profundidades de la Caverna Sagrada por una misteriosa mujer que habitaba en sus honduras, nadie sabía desde hacía cuánto tiempo. Por cierto desde hacía muchos años, o tal vez siglos, habían dicho. Y según las más atrevidas versiones, también la habían conocido e intercambiado con ella sus conocimientos magos y alquimistas de las más diversas tradiciones.

–¿Acaso eres tú la Maga? –preguntó Ojos de Menta, ansioso.
Luces rojas, verdes, amarillas, violetas se proyectaron de pronto en el piso, rodeándonos en espirales de luz.

–Así es, soy la Maga –dijo la voz en medio de los ondulantes colores–. Pero… ¿quieren saber quiénes realmente son ustedes? Les permito mirarse por unos instantes en mi espejo encantado. –Y apenas había acabado de decirlo, de la nada, en medio de la noche, apareció flotando delante de nosotros un bellísimo espejo ovalado, enmarcado en oro y recamado en perlas y aguamarinas.
Nos acercamos sigilosamente. Y cuál no sería nuestra sorpresa cuando en vez de nuestros rostros y nuestros cuerpos vimos reflejadas en el espejo dos siluetas de pura luz. Latiendo…

–¿Somos nosotros? –preguntó Ojos de Menta con un hilo de voz, observando los infinitos puntos luminosos que titilaban en el cristal. Levanté la mano derecha, la silueta levantó la mano derecha. Abracé a Ojos de Menta, la silueta abrazó a lo que parecía ser Ojos de Menta. Sí. Éramos nosotros, no había duda. Éramos pura luz, ondeando y palpitando al ritmo de nuestro corazón.

–Éste es un espejo de las Hadas –dijo la Maga–. En él podemos ver muchas cosas. Deben ustedes saber que todos somos luz, pura luz que camina por la tierra, latiendo con amor y revestida con un cuerpo.

El dueño de las huellas, que hasta ese momento no se había dado a conocer, acotó con voz grave:

–Les doy la bienvenida. Los estábamos esperando.

–¿Y quién eres tú? –pregunté, mirando alrededor. El espejo parecía estar flotando en el aire.

–Soy una criatura encantada –dijo la voz–. Estoy al servicio de la Maga; digamos que le pertenezco: he sido aceptado por ella como su discípulo de por vida. Y ustedes son los mismísimos Ojos de Menta y Ojos de Miel que ascendieron valientemente a la Montaña Sagrada donde moran los Ángeles. Como dijo la Maga, muchas cosas más se pueden ver en el espejo de las Hadas, pero ustedes todavía no están listos –acotó, llevándose el espejo y dejándonos nuevamente a oscuras.

–Encantados de conocerte. Jamás vimos una luz igual –murmuramos, todavía encandilados por la visión.

–Nunca lo olviden. Somos luz. Pura luz crística –dijo la Maga, encendiendo una vela e iluminándose en la oscuridad–. Pasen ustedes ahora a uno de mis recintos secretos.

La hechicera apareció delante de nosotros en todo su esplendor. Era inquietante. De edad indefinida, hermosos cabellos rubios le cubrían los hombros y llegaban hasta su cintura. En su rostro fuerte y personal, brillaban dos ojos verdes casi fosforescentes. Estaba envuelta en gasas de colores que sugerían una silueta perfecta y gatuna. Sus movimientos eran suaves pero definidos. Parecía conocer a la perfección el poder de las palabras y de los gestos. Y su presencia llenaba el recinto de magnetismo, fuerza y protección. La rodeaban inciensos, velas y símbolos. Cartas de tarot e imágenes sagradas. Desde su regazo, un gato negro de ojos amarillos nos observaba altanero.

La miré, deslumbrada. No me atreví a pronunciar ni una palabra, pero en ese instante decidí que lo que más quería en el mundo era llegar alguna vez a ser como ella.

–Ojos de Miel, criatura –dijo quedamente, alumbrándome con sus ojos verdes–, los Elementales te darán sus dones como me los han dado a mí hace ya tanto tiempo. Y a ti de igual forma –dijo a Ojos de Menta, envolviéndolo con una sonrisa–. Los estábamos esperando. Son ustedes Comandos Espirituales y vienen en busca de los antiguos secretos de los Reinos Encantados. Sé que los han enviado los monjes ortodoxos del Nuevo Amalfion, el monasterio cercano a esta Caverna. A ellos me une una profunda amistad que ya lleva siglos –dijo enigmática–. Sé que tienen la misión de contar lo que vivan en esta mítica travesía. Ahora escuchen atentamente –acotó muy seria–: les diré cómo llegaremos a los Territorios Mágicos.

El gato pegó un salto y comenzó a caminar tranquilamente por las paredes de la caverna. Lo miré atentamente mientras desaparecía en las profundidades. Parecía ser un gato normal, pero cada una de sus patas dejaba impresa una huella luminosa.

Estaba amaneciendo. Arturus sabía muy bien que había llegado la hora en que Nix, la antigua diosa griega de la noche, doblaba prolijamente el velo de la oscuridad en un cofre dorado. Llegó justo cuando, en una perfecta sincronía, arribaba Hémera, su luminosa hermana y diosa del día. Hémera salía del Tártaro –o inframundo– justo cuando Nix entraba en él, y ésta volvía a salir cuando Hémera regresaba. Eran hijas del Caos, el primer dios griego, del cual surgió todo el Universo; de él también nacieron Gaia (la Tierra), el Tártaro y Eros (el deseo de vivir). A Arturus le fascinaba observar a los dioses. Sonrió satisfecho. Especialmente en Grecia, donde se encontraba la Caverna Sagrada, era posible verlas con toda nitidez.

–Me encanta que los demás crean que sólo soy un simple gato –murmuró para sí, regresando en cuatro patas y saltando alegremente sobre el regazo de la Maga.

Capítulo 2
Los preparativos

–Partiremos juntos hacia los Reinos donde viven los seres elementales –dijo la Maga–. En esta Caverna se encuentra una de las más antiguas entradas a sus mundos, pues justamente aquí, en Grecia, viven todos sus antepasados. Los dioses griegos eran en su mayoría Elementales, y en sus séquitos encontramos Duendes, Sirenas, Dragones, Tritones. Las Ninfas, por ejemplo, son abuelas de las Ondinas y de las Musas; son las más antiguas Hadas que conocemos. Mas debo advertirles que, luego de visitar sus territorios encantados, nadie ha regresado tal cual era. Jamás. Allí rigen leyes, tiempos y espacios muy diferentes de los nuestros. De los antiguos seres que los habitan quizás ustedes tengan sólo algunas vagas informaciones, y tal vez hayan escuchado severas advertencias sobre sus atrapantes poderes. –Asentimos. Era todo lo que sabíamos–. ¡Ah! Estos seres son capaces de envolvernos en una fascinación tal que hasta quizá olvidemos el camino de regreso. O perdamos la noción del tiempo, como les pasa a los distraídos que entran a la ronda de las Hadas a danzar con ellas y, creyendo permanecer allí unos minutos, pasan cientos de años.

–¡Ohhhh! –exclamé, tapándome la boca–. Deberemos tener mucho cuidado.
En ese mismo momento el gato dio un inmenso salto y se esfumó de nuevo en el fondo de la Caverna. Los había escuchado llegar: Morfeo, Icelo y Fantasio, antiguos dioses de los ensueños, estaban allí. Vivían en las honduras de la tierra y nunca veían la luz del sol, pero frecuentemente visitaban a Nix, la noche, su querida abuela, quien nuevamente estaba desenvolviendo el velo de las penumbras. El gato, haciendo una profunda reverencia, pidió que tocaran dulcemente la frente de los visitantes y abrieran en ellos las visiones mágicas. Los dioses accedieron gentilmente al pedido del gato.

–Arturus, no te alejes demasiado, pronto partiremos –dijo la Maga, dirigiéndose al gato, que ya no estaba visible. En medio de la penumbra, un inmenso ojo amarillo hizo un gracioso guiño y desapareció.

–Maga, ¿quién nos acompañará? –preguntó Ojos de Menta, inquieto.

–Yo iré con ustedes. Y también Arturus –dijo la Maga–. Sabemos cómo guiarlos. Y recuerden siempre algunas reglas básicas de las leyes sutiles que rigen estos Reinos, como por ejemplo, no hacer contacto con ningún Elemental si éste no los acepta primero. Tampoco deben recibir ningún regalo, ni siquiera tomar una simple piedra. Todos los aparentes objetos están animados y tienen vida propia. Mover algo de su lugar en un Territorio Sutil puede acarrear consecuencias imprevisibles en el Universo. Y cuando nos topemos con Gigantes, Ogros, Medusas, brujas, en fin, con esas criaturas indomables que moran en las profundidades y representan las fuerzas salvajes de los elementos, no entren en pánico. Hay que saber tratar con ellos, y no ser devorados por sus poderes. Por eso Arturus y yo estaremos siempre cerca de ustedes. Entonces, ¿partimos? –dijo la Maga, clavando en nosotros sus grandes ojos fosforescentes tan, tan parecidos a los de su gato–. Cruzaremos ahora el Río Violeta y desembarcaremos en el Reino de los Elementales de Tierra.

–¡Estamos listos! –dijimos al unísono, sin saber si realmente lo estábamos, pero la sed de aventuras era más fuerte que todo.

–Bien. Así sea, entonces –dijo la Maga, levantándose–. Por aquí, queridos aventureros. –Y nos invitó a seguirla.
El gato, que había aparecido de la nada, se paró en dos patas y extendió su zarpa peluda en dirección a un río que corría allá abajo, en un nivel aún más profundo de la Caverna.

–Sí, ya sé, Arturus. Ellos nos esperan –musitó la Maga, señalando una bruma naranja.

–Parece un crepúsculo –susurré.

–En estas tierras hay crepúsculos seguidos de mediodías, amaneceres seguidos por más amaneceres, y puede anochecer una y otra vez. Ya se acostumbrarán –dijo, mirando cómo cambiaban los colores de la bruma–. ¡Ah, sí! En la otra orilla todo es muy extraño. Y, además de los seres sutiles, es probable que en algún lugar nos encontremos con otros viajeros –dijo, mientas el gato se adelantaba por la estrecha senda señalándonos el camino–. Renombrados alquimistas, magos, templarios, monjes, cabalistas recorren ahora mismo esos territorios en busca de conocimientos e instrucción de los Elementales. Y quien anduvo mucho por estos Reinos es el gran Paracelso.

–¿Paracelso? –preguntó Ojos de Menta–. Era un mago, ¿verdad?

–El mayor alquimista, médico y mago de todos los tiempos –dijo la Maga–. Todos los Elementales lo conocen; luego de varias visitas al otro lado del Río, él escribió el Tratado de los Ninfos, Silfos, Pigmeos, Salamandras y otros seres, en 1537. Felipe Aureolo Teofrasto Bombasto de Hohemhein, luego llamado Paracelso, nació en Suiza el 17 de diciembre de 1493 y tuvo una vida nómade, una vida de un buscar y peregrinar permanente por este y por muchos otros Reinos. Y por cierto también golpeó, como ustedes, las puertas de los monasterios exigiendo la entrega de los secretos.

–¿Como lo hicimos nosotros? –dije asombrada.

–¿Y hace tantos años? –Ojos de Menta la miró azorado.

–Queridos Ojos de Menta y Ojos de Miel, los monjes siempre supieron muy bien a quién abrir las puertas del monasterio. Son ustedes tan puros, tan dulces –dijo la Maga, mirándonos con ternura.

–Maga, ¿cómo cruzaremos el Río? –pregunté, escuchando las turbulentas aguas que corrían entre la bruma violeta llamándonos a la aventura.

–Cristóbal nos ayudará –dijo, sonriendo.

Capítulo 3
El Gigante

–Pa-… pa-… rece un Gigante –dije sin aliento.

–Lo es –dijo la Maga, señalando la enorme silueta de una criatura sentada a orillas del río. Extendía un gigante brazo de Gigante sosteniendo una palmera que a su lado parecía un bastón. Era tan enorme que nos escondimos tras la Maga.
–Salve –dijo la Maga, no dando la menor importancia a su tamaño–. Queremos cruzar a la otra orilla.

–Salve –contestó el Gigante, haciendo un saludo con su mano izquierda y tapando el sol del crepúsculo. Su voz resonó en las montañas como un eco.
No podíamos distinguir muy bien sus rasgos, pero nos pareció…

–¿Tú ves lo que yo estoy viendo? –sopló en mi oído Ojos de Menta.

–El Gigante parece de a momentos tener cara de perro –asentí estupefacta.

–¡Oh, querido Gigante, cuéntales tu historia a los viajeros! Te lo ruego –dijo la Maga, sentándose a su sombra sin demostrar ninguna sorpresa. Como si no sólo el Gigante sino también la cabeza de perro fueran algo que no debiera llamarnos la atención.

–Relicto era mi nombre antes de mi bautismo –dijo, inclinando su enorme cabeza.

–Ojos de Menta y Ojos de Miel –dijimos a coro, abrazados a la Maga, pero un poco más tranquilos.

–Bien –atronó la voz allá arriba–. Les contaré mi historia. Nací en Canaán en el siglo III, hacia el año 250. En ese entonces aún caminábamos por la Tierra unos cuantos Gigantes, las Hadas eran vistas con frecuencia y las visiones astrales y etéricas de los humanos estaban casi intactas. Eran tiempos en los que los dioses compartían con humanos y Elementales el tiempo y el espacio y por eso nos reconocíamos mutuamente con suma facilidad. Y los Gigantes andábamos por el mundo como algo natural.

–Tiene cerca de mil ochocientos años –musité a Ojos de Menta.

–Desciendo, pues, de cananeos, quienes también eran llamados “cinocéfalos” –dijo alegremente.

–Te representan, en algunos de los más antiguos íconos bizantinos, como un santo Gigante… con cabeza de perro –dijo la Maga, mirándolo con enorme cariño–. Los místicos de Bizancio sabían que tienes un notable parecido con Anubis, el luminoso dios chacal egipcio, que también tiene cabeza de perro. Así como con Thot y Hermes, esos grandes guías de la humanidad de nuestra tradición occidental. Eres, por cierto, un santo lleno de misterio.

–¿Un santo? –pregunté azorada–. Él es un Gigante, un Elemental.

–Soy un Elemental que ha sido alcanzado por la Redención –dijo con voz potente–. Y entre los humanos soy conocido desde hace siglos como Cristóbal, por mi nombre de bautismo.

–Según las leyendas y los relatos orales que lograron conservar los iniciados, eras el rebelde Relicto, un hombre extraordinariamente fuerte y absolutamente alto, muy alto, altísimo. Pero no todos sabían que pertenecías a la raza de los Gigantes –dijo la Maga.

–Ah, sí –dijo Relicto–. A causa de mi descomunal estatura, tenía un gran poder entre los humanos, y por esto mismo viví muchos años en libertinaje y osadía absoluta. Nada ni nadie podía ponerme freno. Yo, el gran Relicto, era tan invencible como indomable, tan arrogante como orgulloso.

»Siendo soldado, me harté un día de tanta mediocridad, que no condecía con mi exultante presencia, y sólo quise servir al mejor señor, al más valiente, a aquel que no le tuviera miedo a nadie. Me puse entonces a las órdenes de Gordiano, el poderoso emperador de Roma. Al poco tiempo comprobé que, siendo el más grande emperador de su época, temía sin embargo a los demonios y al mal en sí mismo.

»Busqué entonces servir al mismísimo Rey del Mal –dijo, haciendo una pausa aterradora–. Sí. Aunque parezca muy osado lo que les voy a decir, consideré que, como todos le temían, debía ser, por lo tanto, el más poderoso.

–Los Elementales no redimidos no distinguen el bien del mal –acotó la Maga–. Son fuerzas salvajes y primitivas, como lo es toda la naturaleza. Cuando son redimidos, o sea, iniciados en el conocimiento de Dios, colaboran con Él y se subordinan a la Luz.

–Así es –dijo Relicto–. Yo todavía era sólo un salvaje Gigante cuando encontré a Satán. No tuve que buscarlo mucho: estaba en todas partes, como hoy día, haciendo sus fechorías. Me puse en seguida a su servicio, feliz de estar entre sus huestes. Todos se aterrorizaban a su paso; pero hete aquí que en cierta ocasión descubrí que el mismo Satán, el todopoderoso, había desviado sus tropas dando un sospechoso rodeo por evitar una cruz levantada junto al camino.

»“Ésa es la señal de un misterioso capitán enemigo: un tal Cristo”, dijo como toda explicación el Demonio.

»“¿Cristo?”, le pregunté, azorado. “¿Quién es ese Cristo que logra desviar a tu ejército invencible con una sola señal? ¿Qué significa la cruz?”, pregunté, decepcionado.

»Los soldados demonios me informaron, temblando de miedo y entre murmullos ininteligibles, que era el recuerdo de un guerrero de la Luz que había muerto clavado en esos palos cruzados. Pero que había resucitado.

»Pregunté entonces con voz atronadora, desafiando a los mismos demonios: “¿Cómo pueden ustedes, poderosos guerreros de las Sombras, temer a un jefe que ya murió y fue ajusticiado?”.

»Silencio… Nadie me contestó.

»Ni el mismo Satán tuvo una explicación.

»Abandoné desilusionado este ejército de sombras y me detuve a las orillas de un río para pensar qué sería de mi vida de Gigante, sin un poderoso jefe a quien servir.

»Apareció entonces un viejo y sabio ermitaño, quien, conociendo los hilos del destino, percibió mi desorientación y vio entonces la oportunidad de hablarme del Cristo, a quien tanto amaba.

»“¿Quieres de verdad encontrar al Rey de Reyes, al poder más absoluto de la tierra, para servirle?”.

»“Sí”, asentí, bajando abatido mi cabeza de Gigante hasta casi tocar las orillas del río.

»“Entonces, reza, reza, reza, hasta que Su luz te atraviese por completo”, me dijo.

»“No sé”.

»“Bien, ayuna entonces”, me aconsejó, compasivo, el ermitaño.

»“No podré”, contesté, compungido. “Debes saber que, debido a mi gigantesca estatura, necesito comer mucho más que los demás”.

»“Te propongo algo diferente”, dijo el sabio ermitaño, con la mirada brillante. “Ponte a su servicio. Ofrece tu estatura gigantesca y tu monumental fuerza de Gigante para ayudar a cruzar el río a los caminantes que lo necesiten. Siendo quien eres, puedes bien servir a este Rey de Reyes”.

»Y fue entonces cuando comencé humildemente a trabajar a orillas del río Orentes, situado en Asia Menor, anónimamente, día tras día, ayudando a llegar hasta la otra orilla a todo aquel que no se atreviera a cruzarlo.

»Pero yo sabía. Y también lo sabía el Ermitaño…

»Esperábamos al Cristo.

»Un día cualquiera, en nada diferente de los demás, se presentó ante mí un pequeño y desvalido niño. Lo alcé sobre mi hombro izquierdo suavemente, tratando de no asustarlo, y lo crucé en silencio pensando en llegar a la otra orilla en un santiamén. Hete aquí que la carga comenzó a hacerse pesada, pesada, y más y más pesada. Tanto que me fui hundiendo en el lecho del río. A duras penas lograba avanzar, hasta que finalmente, a causa del enorme peso, se rompió mi clavícula. Sin aliento, pregunté con un hilo de voz de Gigante, que debía sonar como un rugido atronador para los oídos humanos: “¿Quién eres, pequeño niño, y por qué razón estás tan pesado?”. El niño me contestó tranquilamente que era el Cristo a quien estaba esperando y que llevaba sobre sí el peso del mundo. Y que había encontrado al Rey que hizo la Tierra y que mantiene el cosmos; y que yo le había servido en obras piadosas al ayudar a los pobres a pasar el río. Agradecía, por lo tanto, mi colaboración desinteresada en esta tarea.

»Al llegar a la otra orilla, clavé en el lodo la palmera que llevaba por báculo, y ésta floreció ante mí en mil colores y dio maravillosos frutos en un solo instante. El Niño Divino me bautizó entonces y me llamó Cristóbal; en latín, según la tradición: Christophorus, que significa ‘el portador del Cristo’.

»Desde ese momento y para siempre viví como discípulo de Jesús. Aparecí en Antioquía predicando el Evangelio sin que se supiera dónde lo había aprendido. De Antioquía pasé a Licia, región situada en Asia Menor, sobre el Mar Egeo, sujeta al yugo romano.

»Siempre acompañado de mi báculo, anduve por todas las comarcas, y pronto corrió la voz de que un Gigante convertido al cristianismo plantaba su cayado en tierra y éste, ante el asombro de las gentes, crecía hasta convertirse en árbol corpulento y frondoso. Y, además, florido, para demostrar así el maravilloso poder de mi único Rey, el Cristo. El eco de aquel milagro llegó a oídos de Dago, gobernador de Licia, quien, cumpliendo las órdenes y los decretos de Decio, emperador que ordenó la séptima persecución de los cristianos, me acosó implacablemente hasta encontrarme.

»Sin embargo, por mi condición de Gigante, y como sucede con todo Elemental, nada pudieron contra mí las lanzas de los soldados. Fui asaeteado por más de 400 arqueros de Dago y las flechas resbalaron sobre mí como mariposas. Intentaron todo para vencerme. Me decapitaron un 25 de julio, pero yo soy un Elemental y ellos no sabían que jamás podrían eliminarme con medios humanos. Reaparecí como santo, ayudando desde entonces a las personas a liberarse de sus pesadas cargas.

–En la iconografía antigua eres representado con cara de perro, una gigantesca palmera en tu mano derecha, y un Cristo niño sobre su hombro izquierdo, sosteniendo el mundo –dijo la Maga, sonriendo.

–Así es –atronó el Gigante–. El lado izquierdo representa la fuerza del Rigor en el Árbol de la Vida. Pueden invocarme para que yo los sostenga con mi fuerza.

–El secreto es saltar sobre tu hombro y dejar que nos lleves. Ah, Cristóbal, yo sé que es prodigioso tu poder para ayudarnos a alivianar nuestros pesares y nuestras cargas –dijo la Maga.
El Gigante sonrió allá arriba.

–Según la Tradición soy invocado por los navegantes y por todos aquellos que necesiten atravesar un río, o sea, cualquier situación de pasaje de un estado conocido a otro más elevado y desconocido. Y también para ayudar a cruzar la frontera y entrar en los Reinos Sutiles que estamos vislumbrando en la otra orilla.

–Y secretamente, sabiendo que eres en realidad un Elemental –dijo la Maga– se te invocó, y no precisamente en la historia oficial, para conjurar a los seres encantados que custodian los tesoros escondidos.

San Cristóbal volvió a sonreír allá arriba…

–¿Qué simboliza tu palmera? –me animé a preguntar.

–La palmera es una señal secreta. Como Gigante, probablemente tenga antepasados en la Atlántida, tierra signada por las palmeras, que son a la vez símbolo de la victoria de Cristo y de su entrada triunfal a Jerusalén. Ustedes seguramente saben que fue recibido precisamente con palmas, en señal de victoria.

–¿Y la cara de perro qué significa? –dije, tratando de distinguir en las alturas si realmente tenía cara de perro o había sido una alucinación.

–Les puede parecer extraño, pero en mí existe una fuerte conexión con el Cinocéfalo.

–¿Quién es el Cinocéfalo? –preguntamos esta vez a coro valientemente. No nos habíamos atrevido a indagarlo antes, ya que estábamos bastante atemorizados.

–Es un habitante de otros mundos, representado en las tradiciones egipcias con un perfil de perro. El Cinocéfalo es un personaje enigmático, llamado además “el Guardián del Umbral”. Él también vive en la frontera entre dos realidades: la visible y la invisible, donde existe todo tipo de fuerzas mágicas. Y conoce, como yo, ambas. El Cinocéfalo era un protector; tenía por misión destruir a los enemigos de la Luz y guardar las entradas a los lugares sagrados.

Lo miramos con reverencia y curiosidad al mismo tiempo. Nuestro querido Gigante, el primer Gigante que conocimos, era por cierto muy misterioso.

–Muchas fuerzas elementales son instintivas e irracionales, como ya les conté en mi historia. Yo las he vencido, sin embargo, por convertirme al cristianismo, indicando la sumisión de la materia salvaje a la fuerza luminosa y ordenadora de la conciencia, el Cristo.

–Cristóbal será nuestro guía en el cruce del Río que divide el mundo que conocemos del misterioso mundo que queremos conocer –dijo la Maga–. Les revelaré ahora su antigua Oración de poder. Al escucharla los Reyes de los Cuatro Reinos, nos permiten la entrada a sus dominios. La misma nos puede servir para muchas situaciones. Por ejemplo, podemos pedir auxilio a nuestro querido Gigante para que nos sostenga en momentos de debilidad. Para atravesar con valor grandes cambios en nuestra vida, o descansar en su hombro, protegidos por su inmensa fuerza. Y siempre, para recibir su gigantesco amor de gigante –dijo la Maga sonriendo–. Queridas criaturas, respiremos profundo. Cerremos los ojos por unos instantes. Ahora susurremos juntos las palabras mágicas:

Salve, poderoso Gigante san Cristóbal.
Tú, que encarnas todas las fuerzas de la naturaleza y
conoces su potencia,
Tú, que te rendiste a la Luz y caíste a los pies de Cristo,
nuestro Señor, desertando de las filas de la Sombra,
A atravesar todas las pruebas con gigantesca firmeza
Ayúdame.
A vivir con el valor de un gigante y a seguir siempre
adelante con total alegría
Enséñame.
En mis viajes y en mis grandes cambios
Sostenme.
Te ruego, santo Gigante, ¡las secretas puertas de la
naturaleza
Ábreme!
A las ricas cavernas donde moran los Duendes
Llévame.
A las profundidades donde sueñan las Ondinas
Guíame.
A las etéreas nubes donde descansan las Hadas
Condúceme.
A las ardientes tierras de los Dragones
Transpórtame.
Con tu gigantesca fuerza nuevos caminos en mi vida
Abre.
Con tu monumental amor
Cúbreme.
Sobre tu hombro, san Cristóbal, ahora mismo
Súbeme.
A nuevas orillas de luz, como a un pequeño niño,
Crúzame.
En nombre de Dios,
Sé mi guía.
Amén.
Que así sea.

–Que así sea… –musitó la Maga–. Ahora mismo, de un solo salto… ¡suban! Afírmense bien en el hombro del santo Gigante. Vamos a vadear el Río.

Ahora tú también has cruzado el Río Violeta y puedes espiar, en la página 33 de la Guía 2, lo que sucede en el Cónclave de Duendes de Frontera.

–¡Cuidado! –grité aterrada. Una sombra negra saltó ágilmente por los aires y se enroscó en lo que aparentaba ser un rústico cartel de madera colgando de un árbol. Sonriendo, extendía su zarpa peluda señalándonos una inscripción apenas visible que decía: “Campamento de los Duendes de Frontera”. Era el gato. Bajó de un salto y nos indicó que lo siguiéramos, tomando la delantera. Nos encaminamos tras él sigilosamente, casi en puntas de pie. De la nada y como una ráfaga, pasó delante de nosotros una pequeñísima caravana de carros tirados por dos langostas, que transportaban lo que parecía ser… Pero la visión fugaz desapareció rápidamente. Como desaparecen los sueños, aunque queramos atraparlos, cuando nos estamos despertando.

El gato pegó otro de sus enormes saltos y nos indicó un escondite detrás de unas gigantescas rocas.

–Estamos en la frontera entre el Reino Elemental y el Humano. Aquí es donde se realizan los grandes Cónclaves de Duendes. Están llegando desde todas las comarcas del Reino de la Tierra –susurró la Maga, apareciendo al lado nuestro de la nada y tomando a Arturus en sus brazos–. Somos afortunados de haber desembarcado justo en su territorio. Y no en el de los malvados Gnomos o en el de los aterradores Trasgos –dijo tranquilamente–. El Gigante sabía dónde depositarnos. ¿Verdad, mi pequeñuelo? –preguntó, acariciando al gato, que la miraba extasiado con sus ojos amarillos como el sol.

–Maga, qué suerte que estás aquí –le dije, contenta.

–Shhhhh –dijo, sin hacerme caso–. Escuchen: las criaturas reunidas alrededor del fuego cantan una nostálgica canción que habla de tiempos olvidados, de las épocas de las grandes migraciones. Mmmmmm. Los Duendes recuerdan el momento en que masivamente debieron abandonar el “mundo real” con gran pena, porque la gente había dejado de creer en ellos.

–Sí, sí, los entiendo –dije, contenta por haber aprendido el lenguaje de los pájaros en nuestra exploración en el Reino de los Ángeles1–. Cuentan, con voz entrecortada por la emoción, que para un Duende es muy duro desapegarse de las tierras y los seres que ama, puesto que su mayor talento es acumular y resguardar. Que ellos conservan todo y por eso son custodios de toda suerte de tesoros.

Otro carruaje tirado por langostas pasó fugazmente delante de nosotros. Esta vez vimos claramente cómo los Duendes estacionaban su gracioso vehículo atando las riendas de la langosta a un árbol. Bajaron apurados y, dando pequeños saltos, se dirigieron alegremente a la luz. Parecía tratarse de una gran reunión pues había ahora una infinidad de pequeñas siluetas sentadas en círculo alrededor de la fogata. Eran graciosos, como hombrecitos rechonchos, tenían orejas puntiagudas y no medían más de quince centímetros en nuestra medida terrestre.

–Observen sus ropas –susurró el gato, bien cerca de nosotros.

Lo miramos sorprendidos.

–¡Puedes hablar! –le dije, asombrada.

–¿Qué tiene de extraño? –dijo, ofendido–. ¿Acaso ustedes no hablan también?

Nos encogimos de hombros y seguimos mirando a los Duendes. Todos sus atuendos eran parecidos y tenían características medievales: pantalones ajustadísimos que asemejaban cómicas medias, y abrigados chalecos.

–Son extremadamente tradicionalistas –dijo el gato–. Siguen vistiéndose a la usanza de la época de su mayor esplendor, el medioevo, cuando Duendes y humanos convivían en total fraternidad y a nadie se le hubiera ocurrido dudar de su existencia.

–Miren sus grandes zapatos –susurré divertida–. Son tan enormes como puntiagudos y muy desproporcionados con relación a su minúsculo tamaño.

–Ellos aman sus enormes zapatos. Duendes, Gnomos y Enanos tienen una fuerte necesidad de agarrarse a la tierra –aclaró la Maga–. Observen sus manos: también son grandes, y sus brazos, muy largos. Esto indica su extremo interés en aprehender objetos materiales.

–Todos llevan gorros en punta, como los de los magos, y, miren, sin excepción son de color rojo –dijo Ojos de Menta, escondido detrás de una gran piedra que parecía tener rostro.

–Este tipo de gorro simboliza la conexión de quien lo trae con las energías magnéticas de los elementos
–aclaró la Maga–. Y es sabido que, si es rojo, los hace invisibles. Pobres de ellos si alguna vez lo pierden. Serían siempre visibles y jamás podrían hacer sus excursiones al Reino de los Humanos, que ellos llaman “el Reino de la Superficie”…
Y si quieres saber como reaccionar si te encuentras con un Duende, sigue las instrucciones de la página 43.

–No se muevan –dijo el gato–. Ante una situación en que simplemente sospechemos o tengamos señales evidentes de que los Duendes buscan vecindad con nosotros, como decían los antiguos, sigan estas indicaciones. Escuchen bien –dijo Arturus, muy serio–: Primero, hay que quedarnos inmóviles, en la posición en que estemos, casi reteniendo la respiración. No buscar contacto visual.

Nos quedamos petrificados…

–Segundo, es probable, pero no seguro, que entonces suceda lo siguiente: el Duende se acercará con sigilo y… nos estudiará. Hay que dejarlo que nos investigue.
El Duende estaba husmeando nuestros zapatos.

–Tercero, si no lo espantamos con pensamientos de incredulidad o de burla, soplará en nuestro oído un mensaje secreto. Y desaparecerá. Y si somos extraordinariamente bendecidos… puede hasta llegar a susurrarnos su nombre. Y es sabido que, si uno tiene el nombre de un Elemental, pueden empezar a pasar muchas cosas en su vida. Escuchemos… –dijo el gato casi ronroneando.
El Duende había saltado sobre mi hombro; comenzó a soplar un mensaje en mi oído. Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no reírme: la vocecita del Duende me estaba haciendo cosquillas:

–Salud, viajeros, y bendiciones –dijo la criatura muy despacito.
Me quedé inmóvil, siguiendo las instrucciones.
Saltó sobre mi cabeza y se instaló cómodamente sobre ella; desde allí habló a todos los presentes:

–Soy el vasallo cardinal del Rey de los Duendes de Frontera –continuó–. Él me ha enviado especialmente para darles unas antiguas palabras mágicas de protección. Son la señal de pertenencia a nuestra tribu tradicionalmente viajera. Los Duendes de Frontera andamos siempre viajando entre los Mundos Visibles y los Invisibles. Y hemos decidido ocultar las palabras de poder en la sabiduría oral irlandesa para preservarlas. Las gentes las transmiten en forma de una bendición que se otorga a quien emprende un viaje a lugares lejanos, y los ancianos recuerdan que fueron repetidas por los padres de sus padres, y que los padres de estos lejanos padres a su vez las recibieron de los padres de los padres de los padres de los padres de sus padres.

–Te escuchamos –dijo Arturus, sonriéndole con su cómica sonrisa de gato, de oreja a oreja….

—————————————–
¿Quieres saber quienes son los Mimis?… Vamos a la página 50

“–Cuentan las tradiciones mágicas australianas que la Tierra era una masa nebulosa y caótica, pero que los Mimis, antiquísimos duendes pertenecientes a esa mitología, eran los primeros quienes vivieron en el mundo mágico llamado “Ensueño”. Los Mimis, salieron de él y originaron todas las formas –aseguró la Maga–. Según estos nativos, toda Australia está cubierta por el Ensueño, que es como un entramado mágico, casi visible. Y lo consideran totalmente real, tal como ustedes lo están comprobando. No es un mundo inventado o soñado, sino que es un mundo invisible superpuesto al que llamamos “real”. Y es mediante la conexión con el Ensueño como la raza humana está en armonía con el cosmos. Los Mimis pasan las fronteras entre el mundo concreto y el mundo de Ensueño a menudo, en las noches de luna llena o cuando son invocados especialmente a través de las oraciones y los ritos. Y los aborígenes también pasan las fronteras y recorren, tal como ustedes, los territorios del Ensueño para pedir ayuda y protección.

Ojos de Menta y yo nos miramos fascinados. Cada vez íbamos comprendiendo más.

–La aparición de los Mimis es siempre una señal. Estemos atentos, hay más seres invisibles en las cercanías –dijo la Maga, con un brillo especial en sus ojos de gata–. Se puede encontrar a los Mimis alrededor del mundo, no sólo en Australia, y especialmente salen a la superficie, como dije, en las noches de luna llena en lugares donde hay muchas piedras. Andan mucho por las montañas de Creta, los pastores los conocen. Y los llaman con nombres griegos.

Si quieres encontrarte con los siete enanos de Blancanieves…abre el libro en la página 57.
“–¡Oh! ¡Oh! –repitió el gato–. Esta oportunidad es maravillosa: es casi imposible encontrarse con ellos en las mismas coordenadas de tiempo y de espacio.

–Es verdad, somos tremendamente afortunados –dijo Ojos de Menta–. ¿Quién no soñaría con encontrarse alguna vez con los siete Enanos de Blancanieves cara a cara?

–Mírenlos detenidamente –dijo la Maga–. Cada uno de ellos representa un planeta, un día de la semana y un metal. Allí va el Enano de la Luna, que trabaja bien la plata los días lunes. El de Marte, que sabe forjar el hierro y sólo lo hace los martes. El de Mercurio, que maneja a las mil maravillas los secretos de ese misterioso metal líquido preferido de los alquimistas, a quienes cada miércoles entrega una porción de mercurio filosofal, necesario para la operatoria de la Gran Obra. Y allí viene el Enano de Júpiter, maestro en la extracción y el moldeado del estaño, cuyo día es el jueves. Y a su lado camina el de Venus, que revela todos los secretos del mágico cobre a quien se lo cruce un viernes. Y, finalmente, allí va el Enano de Saturno, que sabe todo sobre el plomo y la magia secreta de los sábados.

–¡Cierren los ojos, crucen los dedos y pidan un deseo, ya mismo! –dijo Arturus.
Cerré los ojos con fuerza, respiré profundamente y pedí desde el fondo de mi corazón que los Enanos de Blancanieves me concedieran vivir un amor tan maravilloso como el de ella… pero que no me hiciera pasar por las mismas pruebas, aclaré por las dudas rápidamente. Miré a Ojos de Menta con disimulo… ¿Estaría pidiendo lo mismo que yo? El gato me guiñó un ojo. Y luego miró en otra dirección como si no me conociera.

–El cuento de Blancanieves es mágico. Siempre tengan cerca un libro que contenga ese relato –dijo la Maga–. A los Enanos les encanta leerlo una y otra vez. Si quieren que ellos los visiten en sus casas, por propia iniciativa… –aclaró por las dudas–, pongan el cuento al lado de siete piedras. Y esperen. Pasarán cosas insólitas.

–¿Cómo qué? –susurró Ojos de Menta, entusiasmado.

–¡Oh! Cuando los siete Enanos nos visitan, traen todos sus dones con ellos. Y, aunque no los veamos, nos daremos cuenta de que vinieron por ciertas señales infalibles.
La indagué con la mirada…

–Empezaremos a tener mucha suerte, querida Ojos de Miel –dijo, iluminándome con sus ojos verdes.
Puedes entrar al Bosque Encantado por unos segundos, si abres el libro en la página 68…
“–Éste es un bosque encantado. Debemos andar con prudencia. Detengámonos –dijo de pronto, parando las orejas–. Algo o alguien nos ha visto.

–Shhh. Hagamos silencio –musitó el Alquimista, apareciendo de la nada. Sentado sobre una rama, envuelto en una gran capa violeta, movía la cabeza en todas direcciones–. Mmmmmmm… Estoy casi seguro. Casi seguro –decía, entrecerrando los ojos una y otra vez–. Entramos en la zona de los Ents, los venerables ancianos vegetales. Intentaremos entrar en contacto con uno de ellos, aunque son muy renuentes a la cercanía de los humanos. Pero intentémoslo. Hagamos el Mudra del contacto con los árboles para que nos reconozcan. Crucemos las manos con las palmas abiertas sobre nuestro pecho, exactamente a la altura del corazón. Los árboles reconocen este gesto universal de amor.

Todos, hasta Arturus, hicimos obedientemente el Mudra, corrigiéndonos unos a otros entre risas y comentarios.

–¡Shhhhh! –dijo la Maga, reapareciendo entre los árboles acompañada por varios ciervos, una multitud de ardillas y una nube de pájaros–. Estamos en un momento sagrado.

Los animales se acomodaron alrededor nuestro en una conmovedora espera.

–Ahora –dijo el Alquimista–, con todo respeto y máximo cuidado, tal como hay que proceder cuando nos comunicamos con un árbol, cerremos los ojos y susurremos suavemente tres veces: “Venerable anciano, queremos establecer contacto”.

Las ramas se estremecieron. El viento se aquietó. Una tenue luz verde iluminó el bosque.

–Venerable anciano, queremos establecer contacto –dijimos a coro tres veces con los ojos cerrados.

La tierra tembló ligeramente bajo nuestros pies.

El Alquimista desapareció en una nube violeta.

Pero alguien se estaba acercando… De pronto abrimos los ojos y vimos un enorme árbol caminando sobre sus raíces hacia nuestro pequeño círculo mágico.

–No se muevan –aconsejó la Maga.

–No se muevan –repitió el gato.

–Salve, viajeros –dijo a modo de saludo el ser, con voz profunda, agitando sus ramas y acariciándonos con ellas–. Me presento: soy un Ent. Así somos llamados los árboles muy, muy ancianos. Somos árboles maestros y por eso nos hemos ganado el privilegio de desenraizarnos y trasladarnos por la tierra. Ahhh –suspiró el Ent, mirándonos con sus milenarios ojos vegetales, que nos atravesaron el corazón–, aunque muy lentamente, nos trasladamos para resolver y dirimir las múltiples cuestiones del reino vegetal, al que protegemos.

–Salve, venerable anciano –dijo la Maga, inclinando su cabeza en señal de respeto. Y nosotros hicimos lo mismo. Y hasta el gato se postró con reverencia ante el anciano, apoyando su peluda cara sobre las hierbas. Las ardillas, los ciervos y todos los animales de los alrededores se inclinaron ante el milenario árbol con un emocionante respeto. El Ent nos envolvió a todos con una brillante luz verde. Nos sentimos alegres, tan alegres. En completa paz. Luego supimos que todos los vegetales la irradian, aunque no nos demos cuenta, y por eso siempre nos sentimos tan bien en su cercanía.

–Los árboles curan todas las penas y las heridas del alma –musitó el gato, entrecerrando los ojos y ronroneando bajo la luz verde.”
¿Cómo tener un duende en casa? Las instrucciones detalladas están en la página 76
“–¿Podemos comprar un duendecillo y ponerle un nombre? –pregunté sumamente interesada, ya que me había parecido varias veces que ellos tomaban vida.

–Así es –chilló el travieso duende del bosque–. Pero deben cuidarnos, armarnos un lugar especial en la casa. Tiene que ser siempre el mismo: ya saben, no nos gustan los cambios. Les diré cómo preparan para nosotros un hogar desde tiempos inmemoriales los campesinos polacos. En sus casas llamadas “chaty”, ellos ponen siempre un ramo de flores o una planta cerca de la figura que nos representa y nos llaman “Krasnoludki”, ‘Enanos’. Es para que no extrañemos tanto a la naturaleza. Por supuesto, nos preparan la piedra para que la usemos como casa y la colocan sobre una siempre limpia y generalmente bordada a mano servilleta blanca del más puro algodón. Ponen como por casualidad, al lado de la figura, un platito con miel y unos granos de café para hacernos sentir en casa. A veces nos dejan pequeños pastelillos de semillas de amapolas llamadas “maki”. Prenden una vela verde e incienso y nos leen muy frecuentemente, sobre todo en las largas noches de invierno, cuentos de Hadas: nos encantan –dijo el Duende.

»Ellos siempre nos ponen un nombre, como si fuéramos sus hijos. En los tiempos en que me mudé a una granja, me llamaron “Smieszny”, que quiere decir ‘Gracioso’, porque cada vez que estaban cerca de mí sentían un irresistible impulso de reírse. Recuerden ponernos un nombre y reemplazar el soporte si por casualidad se rompe. A este proceso lo llaman los magos “koboltizar”, o sea, ‘entrar en una figura’. Desde este soporte que hace de cuerpo, actuamos en su mundo ayudándolos a cristalizar sueños, proyectos, anhelos. Somos una muy alegre compañía y también somos buenos custodios –aseguró el Leshi.

–¿Qué custodian? –pregunté intrigada.

–Tesoros –contestó el Duende, impasible–. Por eso si hay uno de los nuestros viviendo en una casa, por todos los arcos iris del firmamento les aseguro que allí la abundancia fluye misteriosamente. Nosotros la atraemos magnéticamente. Ése es nuestro tesoro.
Cada vez estaba más entusiasmada por traerme un Duende para que viviera en mi casa; mi gato lo adoraría. “Pero tenemos que seguir viaje”, reflexioné.

–Amamos a los animales y ellos nos aman –dijo, leyendo mis pensamientos–. Y nos ha sido asignado el punto cardinal Norte de la Creación. Todo lo que quiere ser cristalizado, debe ser orientado hacia allí. Si hacen un pedido al elemento tierra, miren al Norte –dijo, cambiando de tamaño nuevamente, y, parado ante mí, de mi misma altura, se quedó mirándome fijamente.

–Cuéntanos más sobre ustedes. Te lo ruego –le dije, sumergiéndome en sus sabios ojos almendrados como en un antiguo lago dorado.

Sonrió. Sus pupilas reflejaban toda la historia de la Tierra. Su mirada desbordaba compasión…”

En la página 129 encontrarás una poderosa oración que convoca a los elementales de todos los rincones de la tierra. Los Elfos la susurraron a Ojos de Menta y Ojos de Miel en su caverna mágica…

“….Ahora todo está listo para hacer la gran convocatoria –dijo el Elfo, sonriendo tiernamente y atravesándonos con una mirada más dulce que la miel y más pura que los arroyos más cristalinos–. Nos colocamos mirando el Norte y decimos con voz firme:

Criaturas de la tierra,
Desde los umbríos bosques, desde las altas montañas, desde las profundas cavernas donde custodian los tesoros de la tierra,
Respondan a mi llamado.
Duendes de las granjas, Duendes Silvestres, Duendes Domésticos, Duendes Padrinos, Duendes de Frontera, antiguos Elfos, Enanos mineros, Gnomos de Luz,
En el nombre de Dios los convoco.
Respondan a mi llamado con su presencia sutil.
Santo Arcángel Uriel, tú, que custodias los portales del Norte,
Responde a mi llamado con tu presencia sutil.
Y yo,…

–Aquí digan sus nombres –aclaró.

En nombre de Dios Todopoderoso,
Junto con todas las criaturas convocadas,
Te llamo, Padre de los Cielos.
Padre, escucha nuestra oración.
Juntos te pedimos nos concedas esta gracia para perfeccionar nuestras vidas y acercarnos a la plenificación.

Hizo una pausa. Respiró hondamente, avivó el incienso que elevaba suavemente sus volutas al cielo y dijo:

–Ahora viene el momento de enunciar el don, la situación, el sueño, el objetivo que quieran materializar en la tierra.

–¿Qué podemos pedir en este Reino? –preguntamos a coro.

La Maga, el Alquimista y el gato, parados detrás de nosotros, se sonrieron. Todo dependía del momento y había que saber muy bien qué pedir. Ellos conocían este ritual y sabían que era tremendamente poderoso.

–Pidan que las fuerzas de tierra materialicen un sueño muy querido. Pidan libremente, pero sin avidez, todo lo que necesiten de la materia: dinero, casa, libertad material. Pero sólo lo necesario. Sin excesos ni cosas superfluas –dijo el Elfo–. Pidan también dones, como firmeza, perseverancia, seguridad, prosperidad, estabilidad. Pidan por todos aquellos anhelos que necesiten concretarse en sus vidas, pidan que no queden sólo en proyectos. Pidan ser sostenidos por los Elementales, que hace milenios trabajamos con la materia. Hagan el rito también en el nombre de otras personas, que no saben cómo invocarnos. Enséñenles estos conocimientos mágicos que nos liberan de las limitaciones que impone la materia si no se sabe cómo trabajar en conjunto con los seres de la tierra….”
Y estos son algunos avances del Reino de las Sirenas…Están en la página 137

“Se acercaron despacio. En una especie de ondulante cardumen, suavemente fueron desembarcando en la orilla y formaron un perfecto círculo mágico. Sentadas sobre sus colas plateadas, se tomaron de las manos y entonaron un canto de bienvenida que no pudimos comprender. En perfecta sincronía, formaron una ordenada fila delante de nosotros y simplemente se pusieron a observarnos.

Eran bellísimas, mitad pez, mitad mujeres, y sonreían mirándonos fijamente con sus ojos iridiscentes. Y extraños. Muy extraños. Sus cabellos eran de todos colores pero reconocimos en seguida los verdes, violetas y plateados que nos habían envuelto en la fiesta. Pero también había Sirenas de cabellos turquesas como las aguas del Mediterráneo, celestes como el cielo, grises como las algas, rojos como el coral, blancos como la espuma. Amarillos como las arenas y anaranjados como el crepúsculo.

De pronto iluminaron la playa con una deslumbrante luz verde mar y, todas juntas, cantaron. Monocorde, dulce y profunda, la extraña canción nos hundió en un ensueño sin pensamientos, sin memoria, sin preocupaciones, sin miedos. Sólo sus encantadas voces y el mar. Sólo nosotros y el viento. Sólo lo desconocido acercándose y haciendo contacto, como siempre sucede cuando nos sumergimos en la naturaleza.

–Bienvenidos –dijeron sin decir las Sirenas, dejando de cantar. Se estaban comunicando telepáticamente–. Los estábamos esperando. Enviamos a algunas de las nuestras para buscarlos en el Reino de la Tierra y conducirlos hasta aquí. Pueden preguntarnos lo que quieran.

El gato se adelantó y, haciendo una graciosa reverencia parado en dos patas, como casi siempre estaba últimamente, dijo en nombre nuestro:

–Salve, hermosas Sirenas. Estamos deleitados y agradecidos a ustedes por habernos traído hasta aquí, por su hospitalidad y por haber sido aceptados en sus territorios. –Inclinó su cabeza y se retiró caminando hacia atrás a la antigua manera de los cuentos de Hadas.

Las Sirenas sonrieron agitando sus colas. No solían tener buen trato con los gatos, pero Arturus parecía ser una excepción.

–Seguro que ustedes ya saben que se nos asocia con encantamientos y fatalidades –dijo sin decir, telepáticamente, la de cabellos verdes y ojos violetas–. Habrán oído terribles historias de raptos de marineros. Y tal vez conozcan la historia de Ulises, que para no caer en nuestro hechizo se ató al mástil de su barca y se tapó los oídos con cera.

–Ahhhh, qué injustas mentiras se cuentan de nosotras –dijo también sin decir una Sirena de cabellos verde esmeralda–. Nuestro llamado es el de las fuerzas vitales, el de los sentimientos profundos, el de los locos amores apasionados. Nosotras no perseguimos a nadie.

–Salud, hermanas –dijo la Maga–. Los humanos se aterran ante estas emociones intensas y temen ser arrastrados por ellas al fondo de sí mismos. Ponen defensas, excusas, explicaciones, pero no se atreven muchas veces a amar locamente. Sentir, sentir, sentir. Y entregarse. Por eso tuvieron que tergiversar la existencia de las Sirenas y transformarlas en monstruos peligrosos y traicioneros que sólo desean hundir a los desprevenidos marineros al fondo del mar.

–Qué placer verte por aquí acompañada de tu maravilloso gato, querida –dijo la de cabellos blancos–. Ven, siéntate entre nosotras como siempre –acotó, abrazándola fraternalmente–. Y vienes con Ojos de Menta y Ojos de Miel… Dulces criaturas, les doy la bienvenida –dijo, mirándonos afectuosamente–. Ya sabemos: en realidad los humanos temen ahogarse en el amor, cuando se encuentran frente a él. Y nosotros representamos esa fuerza que los lleva hasta el fondo, hasta lo más intenso. Hasta donde toda voluntad de poder y control debe rendirse, entregarse.

–Enamorarse a nuestra manera… ¡Ahhhhh, qué temible experiencia! –dijo sin decir la de cabellos violetas.”
En la página 174 encontrarás algunas recetas confidenciales y privadas, pertenecientes a las mismísimas sirenas. ¡Son infalibles!

“Baño de Energía

– 1 puñado de hojas de pino
– 27 hojas de laurel
– 1 puñado de romero
– 9 hojas de menta
– 1 cucharada de sal marina
– 1/2 litro de agua pura

Mezclar los ingredientes revolviendo 9 veces en el sentido de la agujas del reloj. Hervir. Dejar reposar hasta el día siguiente. Filtrar.

Verter en una bañera repleta de agua bien caliente. Sumergirse en ella por media hora y meditar en silencio susurrando siempre 9 veces la oración al Rey del Mar.

–Ésta es una fórmula tremendamente eficaz para obtener energía de alto voltaje –dijo el gato–. Las Sirenas la ponen en práctica en sus cuevas submarinas, en el fondo del mar. Hierven el agua con rayos de sol y se bañan en las bañeras de cristal que poseen en sus fabulosos palacios de las profundidades. Nunca has estado allí, ¿verdad? –dijo, sabiendo perfectamente que yo nunca había estado allí. A veces era un tanto molesto.

Continué en un susurro:

Baño de Seducción

– 9 pétalos de rosas rojas
– 9 pétalos de rosas amarillas
– 9 pétalos de rosas blancas
– 1 cucharada de miel
– 1 pizca de jengibre
– 1 puñado de tomillo
– 3 gotas de aceite de almizcle

Mezclar todos los ingredientes y hervir por 33 minutos a fuego lento en 1/2 litro de agua pura. Filtrar. Verter en una bañera llena de agua bien caliente. Bañarse por 7 días, todas las noches a la misma hora, haciendo el pedido al impetuoso y terrible Rey del Mar. Al cabo de los 7 días se obtendrá la máxima belleza y el más irresistible encanto.

–¿Cómo es la oración al Rey del Mar? –pregunté.
–Ya la conocerás –dijo el gato, con los ojos fosforescentes–. Por todos los rayos y centellas que caen sobre el mar en noches de tormenta, afirmo que habiendo obtenido la receta de este baño serás seductora y misteriosa como las Sirenas. Pero veremos si te la llevas a la superficie –dijo amenazante.
“No hay duda”, pensé para mí, “éste es un gato brujo”. Y anoté tan rápidamente como pude otra de las misteriosas fórmulas:

Baño de Paz

– 9 gotas de aceite de naranja
– 9 gotas de aceite de jazmín
– 9 gotas de esencia de rosas
– 3 gotas de aceite de ruda
– 1 puñado de hojas de menta

Hervir las hojas de menta en 1/2 litro de agua pura. Filtrar y colocar la mezcla en un recipiente de vidrio. Agregar los aceites y dejar la pócima una noche completa bajo la luna llena. Verter en una bañera repleta de agua tibia. Sumergirse y recitar 9 veces la oración al Rey del Mar, impetuoso y terrible. Permanecer luego 30 minutos en el agua con los ojos cerrados, respirando rítmicamente hasta que la paz impregne todo el cuerpo. De la cabeza a la cola.”
No es posible revelar mas secretos. Las sirenas, las ondinas y en general, todos los seres de agua son muy reservados. Apenas podemos decirte que el libro tiene 222 páginas. Y que al final te encontrarás con la Puerta del Tiempo sin Tiempo. Si la atraviesas, estarás en camino a la Isla Perdida, territorio de las Hadas. Pero tenemos que advertirte que a ella se llega solo abriendo la Guia 3: “Una Heroica cruzada al Reino de las Hadas y los Dragones”.