Una Sagrada Expedición al Reino de los Ángeles

GUIA 1

Editorial Kier

Colección del Canal Infinito
222 páginas
ISBN 950 – 17 – 7031- 1

En estas páginas encontrarás el índice y las primeras hojas del libro, primer parte de una cuatrilogía, que culmina con un juego de cartas. Es apenas un adelanto de la saga que transcurre en la sagrada tierra de Creta.
Si avanzas en la lectura de este libro, los Pastores, Monjes y Eremitas te explicarán, cada uno a su manera los profundos secretos de la oración. También te enseñarán a seguir el R.M.E (Ritmo mágico de emergencia) recurso de invocación letánica para afrontar una fuerte prueba. Te dirán como pedir sostén, ayuda, iluminación y sanación emocional a los ángeles en todas las circunstancias y hasta como obtener una guardia personal de Potestades, los bravos ángeles guerreros.
Encontrarás los Apotegmas de los Padres del Desierto, profundos conocimientos teológicos acerca de los ángeles, antiguas Letanías para convocar a cada uno de los nueve Coros angélicos. Y te serán revelados muchos otros secretos que Ojos de Menta y Ojos de Miel(los protagonistas de este largo viaje mágico) rescataron de sus escondites, en las montañas y cavernas de Creta.

ÍNDICE
La Misión
Creta
El encuentro con el Pastor
Capítulo 1 – Primer peldaño: Ángeles
El prado de tomillos y amapolas
Capítulo 2 – Segundo peldaño: Arcángeles, la Liberación; los secretos de la Caverna del Fuego
La batalla con los demonios
Capítulo 3 – Tercer peldaño: Principados, la Fertilidad
Capítulo 4 – Cuarto peldaño: Potestades; el Conjuro; los Ángeles Guerreros y la Fortaleza de los Monjes
La Fortaleza de los Monjes
Capítulo 5 – Quinto peldaño: Virtudes, los Ángeles de los milagros
Asombros y maravillas en la Cabaña de los Sueños
Capítulo 6 – Sexto peldaño: Dominaciones, los sanadores de tristezas
El fresco Río del Olvido
Capítulo 7 –Séptimo peldaño: Ángeles Tronos, los que sostienen el mundo
Alucinantes Ruedas en los cielos de Creta
Capítulo 8 – Octavo peldaño: Querubines, las resplandecientes luces del Amor
Bendiciones en un campo de azucenas
Capítulo 9 – Noveno peldaño: Serafines, un mareo de dulzura
Girando alrededor de Dios

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La Misión
–Grecia. La información que buscas está oculta allí –susurró el Monje Mensajero encendiendo una a una las nueve velas.

–¿Grecia? –acoté con un hilo de voz–. Maestro, con todo respeto, yo creí que este encuentro con usted era el fin de mi búsqueda. Que podía ahora conectarme con el verdadero conocimiento acerca de las criaturas de los Mundos Sutiles –susurré con voz temblorosa y decepcionada–. Sí, yo sabía que los más antiguos manuscritos sobre estos temas están guardados en la República Monástica del Athos, en Grecia, pero supuse sinceramente que ustedes podían pasarme algunos datos. Maestro… –un nudo de emoción me cerró la garganta–, estamos tan solos, en las ciudades hay tanta desorientación, tanta angustia. En nombre de todos vengo a golpear las puertas de este monasterio. ¿Cómo podemos vivir en un mundo tan árido? Maestro, ¿cómo podremos seguir adelante sin Hadas, sin Duendes, sin Ángeles? Necesitamos volver a la guía de nuestra Antigua Tradición, desesperadamente –musité–. ¡Y vengo a reclamarla!

–Escúchame bien, Ojos de Miel –dijo el Monje con una mirada abismal–. Escucha, criatura: el acercamiento a los Seres Sutiles es una apasionante aventura. No sólo es meditación y cómodas indicaciones entregadas directamente en tus manos por un Maestro. Dime: ¿eres o no eres una Comando de Conciencia?
Contuve el aliento.

–Hay que buscar, volver a arrancar las informaciones de sus escondites –dijo enérgico–. Hay que actuar; comprometerse; seguir el corazón, a veces en contra de toda lógica; arriesgarse. Esto se nos pide en nuestros ardientes tiempos –dijo atravesándome con la mirada.
Como asintiendo, las velas elevaron sus nueve llamas al cielo iluminando los iconos de la pequeña celda.

–Sí, claro, es cierto, es decir, es así –balbuceé avergonzada y roja como un tomate.

–Criatura –dijo muy serio–, en la Antigüedad estos conocimientos se daban a los iniciados sólo después de una larguísima preparación. No era nada sencillo obtenerlos. El precepto era inalterable.

–Ya lo sé –acoté ofuscada.

–Sin embargo ahora hemos decidido entregarlos… ¿Por qué? –dijo mirándome inquisitivo.
Contuve el aliento, no sabía qué responderle.

–¡Porque los sueños y la alegría de los humanos están en peligro! Y en la Antigua Tradición están las claves para rescatarlos. Pero está amenazada y puede desaparecer. –Sus ojos negros ardieron impenetrables, bajo dos espesas cejas tan negras como una noche de luna nueva–. Muchos vinieron buscando informaciones, poderes, ni ellos sabían muy bien qué buscaban, pero no los obtuvieron. Estábamos esperando a seres de intenciones puras y muy valientes, como ustedes, que con ojos de niños golpearan nuestras puertas reclamando insistentemente la herencia espiritual de la Tradición Viviente. Aquella que hoy se ve amenazada, despreciada y confundida con tradiciones menores y modas pasajeras.

–¿Ustedes? –pregunté desorientada.
El Maestro no me contestó y clavó en mí una mirada firme como una roca.

–Criatura, no hay más tiempo que perder. Respóndeme ya mismo: ¿aceptas o no la Misión?
La adrenalina corrió por mis venas como un fuego sagrado. Mi sangre gitana, romántica y nómade, estaba despierta y era imparable. Mi corazón latió expectante, vi vientos, fuegos, relámpagos…

–Maestro… ¡Sí, acepto! –dije rápidamente. Sus vertiginosas preguntas requerían respuestas a toda velocidad. Sí, estaba dispuesta a correr los riesgos de arrancar a los tiempos pasados sus secretos. Sí, sí, me atrevería a atravesar las Puertas Mágicas… Sí, quería vivir la aventura de internarme en el antiguo Reino de Ángeles y de Seres Elementales que tan bien conocieron los eremitas en sus visiones y éxtasis en las escondidas cavernas–. Sí, sí, sí –le dije con la voz entrecortada por la emoción. Entonces estábamos de acuerdo. Y… ¡tenía que partir ya mismo!

–Ojos de Miel, escucha atentamente mis instrucciones –dijo el Monje Mensajero, mirándome dulcemente–. Deberás llegar a Atenas, y una vez allí al puerto de Pyreos. Luego de una noche de navegación en un ventoso barco bajo las estrellas, tocarás suelo sagrado en Heraklion, el puerto más antiguo de Creta. Allí te estará esperando Ojos de Menta, él ya conoce la Misión.
¡Ahora entendía todo! Él había partido de repente sin decirme una palabra, dejándome sólo unos datos: la dirección del monasterio y el nombre del monje que tenía frente a mí. Pero así solían ser las misiones importantes: totalmente secretas.

–Criatura… –dijo pasando cariñosamente su brazo sobre mi hombro–. Tres son los viajes, y son iniciáticos. En todos recibirán los antiguos conocimientos. En el primer viaje incursionarán en el Sagrado Reino de los Ángeles. Y al atravesar los nueve niveles de la Montaña Sagrada, les serán entregados los herméticos códigos para elevarse: Akatisthos, oraciones, imágenes… La misión del segundo viaje es traer de regreso las míticas ceremonias y los arcanos de las Criaturas de la Tierra y del Agua. Y la del tercer viaje es recuperar el perdido trato con las Hadas y los heroicos ritos para enfrentar a los Dragones. Y también recibir sus poderes fantásticos.

–¿Qué son los Akatisthos?

–¡Ah! Son antiguas letanías, oraciones mágicas, muy bien custodiadas por pastores, monjes y eremitas

–dijo alegremente–. Querida Comando, se acercan tiempos maravillosos, pero también complicados, y ya no podremos enfrentar todo solos, necesitamos aliarnos a los Reinos Sutiles. Pero hay mucha información falsa y vacía dando vueltas por el mundo –acotó el Monje Mensajero, muy serio–. Por eso necesitamos rescatar nuestra Tradición Oral, transmitida de generación en generación por los Solitarios del Desierto, luego ampliada y registrada por los monjes y los místicos en sus escritos secretos.

–Maestro –dije emocionada–, vine a buscar informaciones y ahora estoy en medio de la mayor aventura de mi vida.

–¡Lo estás! Y lo estarán todos quienes se contacten con este conocimiento –dijo, con ojos en llamas–. Necesitamos rescatar las profundidades del saber teológico, la contemplación, las visiones. La Montaña Sagrada alberga a auténticos discípulos de los legendarios Padres, aquellos cristianos inconformistas que cuando el cristianismo se convirtió en religión oficial no quisieron perder la pasión y el heroísmo de los primeros tiempos. Deseosos de llegar a lo esencial y dispuestos al combate espiritual, se retiraron a ardientes dunas, a montañas escarpadas, a secretas cavernas de Palestina, Siria, Mesopotamia y Egipto. Buscando siempre nuevos lugares solitarios llegaron hasta Creta. Los benditos herederos de la Tradición siempre han tenido sus experiencias en lugares sagrados donde existen puertas dimensionales. Y Creta, esa mítica tierra hacia donde ustedes se dirigen, es uno de ellos. Los pastores, los monjes y los eremitas saben muy bien cómo conectarse con los seres que pueblan los Reinos Paralelos. ¡Ah, criatura!… –Respiró profundamente haciendo una pausa eterna–. ¡Este viaje que inicias es un canto a la vida! Necesitábamos ojos tan frescos como la menta y tan dulces como la miel para realizar esta Misión secreta. Ojos puros y corazones inocentes, como los de ustedes, que ya están listos para vivir en la Nueva Tierra. No puedo decirte nada más… Bien, planifiquemos ahora los pasos a dar. Escucha atentamente mis instrucciones. Una vez que estén juntos, traten de llegar cuanto antes al monasterio, allí les dirán cómo encontrar al Pastor, que los estará esperando en la Montaña Sagrada. Desde mucho antes que a ella llegaran los Padres del Desierto, ese santo territorio ya era un lugar de ascenso y elevación. Un mítico sitio oculto en la más pura y simple naturaleza, el más seguro lugar de encuentros y de iniciaciones –acotó el Monje.

–Maestro –le dije expectante–, ¿entonces esta Montaña tiene relación con el sagrado monte Athos?

–Todas las montañas tienen un significado iniciático –dijo sonriendo enigmáticamente–. Pero te advierto: no te tientes. Aunque estés en Grecia, jamás lograrás entrar a la República Monástica del Athos. Las reglas no se transgreden.

–Ahora y siempre –dije cautelosamente–. Ya lo sabemos, las mujeres somos seres potencialmente peligrosos para el antiguo y cerrado mundo de poder masculino.

–Tienes buena información: 500 metros por tierra o por mar es la distancia máxima permitida para el acercamiento de las mujeres a la Isla Fortaleza –farfulló el Monje Mensajero. Se quedó en silencio, como dudando. Miraba fijamente algún punto en el horizonte.
En silencio…
En silencio…
Las llamas de las velas titilaron. Contuve el aliento. ¿Se habría arrepentido? ¿Y si me denegara la Misión? Me mordí los labios… Tal vez no debería haber hecho tantas preguntas.
De pronto estalló en una risa contagiosa.

–Querida Comando, la Misión está totalmente en pie y Creta es una tierra aún más misteriosa que el Athos –dijo leyendo mis pensamientos–. Ochocientos monasterios e iglesias sembrados uno al lado del otro en una pequeña isla y en forma secreta, quién sabe cuántas cavernas habitadas por eremitas… ¿No te parece sorprendente? En esta mítica tierra también se encuentra el laberinto que Dédalo construyó para albergar al Minotauro, exactamente en el Palacio de Knossos –continuó entusiasmado–. No es casual que justamente en Creta hayamos ocultado los Akathistos, los muy antiguos Akathistos, muy bien preservados de la avidez de los ansiosos consumidores de informaciones mágicas del siglo XXI. Por eso debo advertirte que serán guiados, pero también probados, muy probados. Como ya te dije, varios buscadores lo han intentado, escucharon algo y se fueron por su cuenta, pero no resistieron.

–¿No resistieron qué? –pregunté con un hilo de voz.

–Las alturas –dijo escuetamente.

–¿De la Montaña? –pregunté, inocente.

–No pudieron sostener los altos niveles de conciencia de la Montaña Sagrada –contestó, impasible.

–Maestro –dije firme y decidida, tomando aliento–, estoy lista. Espero sus instrucciones.

–Recibe mi bendición –dijo el Monje Mensajero trazando la señal de la cruz–. Los Akatisthos serán recuperados uno a uno ascendiendo los nueve niveles de la antigua Escala.

–¿Qué es la Escala?

–¡Oh! ¿No te lo dije? También en Creta hemos atesorado una de las misteriosas Escaleras de Jacob, las escaleras para contactar a los Ángeles. Al subir cada uno de sus peldaños… –No pudo seguir. Una procesión o algo similar se acercaba entonando cánticos y rezos–. Vete ya –dijo de pronto, cambiando de expresión–. ¿Escuchas los pasos? Están llegando mis hermanos para las oraciones vespertinas

–acotó mientras garabateaba apurado un mensaje en un papel amarillento–. Toma –dijo colocándolo en mi mano resueltamente–. Entrega este mensaje a quien te abra la puerta, y recuerda bien esto: sólo deben decirle que están dispuestos a tomar el compromiso de proteger la Nueva Tierra. ¡Ah! Y pidan en seguida el Mapa, lo necesitarán para saber en qué Reino se encuentran. Bendiciones, sigan siempre a la voz del corazón y… ¡sean valientes! –dijo desapareciendo en un abrir y cerrar de ojos en una procesión de túnicas negras. Negras como la noche… negras como el misterio. Negras como la materia prima de los alquimistas.

La fila de los monjes se sumergió en los interminables corredores de la antigua abadía.
Respiré profundamente y apreté fuerte el mensaje en mi mano. Me dirigí hacia la salida, mis pasos resonaron en el pasillo ahora silencioso. Tan silencioso que pude escuchar su conocido susurro. Y sentir su intenso abrazo que casi arrancándome del piso, en lugar de caminar, me hizo levitar.
Éramos tan parecidos. Siempre dispuesto a tomar riesgos, era mi más fiel compañero de aventuras, mi alma más hermana. Era incondicional. Y yo sabía que me amaba más allá de toda medida humana.

–¡Vámonos a la aventura! –le dije sonriendo.
Agitó las alas y dio una vuelta en el aire.
Mi Ángel estaba contento.
–A veces, unas pocas palabras garabateadas al pasar pueden ser fundamentales… –dijeron las Sirenas sonriendo entre las aguas heladas y turquesas del mar Mediterráneo–. El contacto con el antiguo monasterio abrirá las más insólitas puertas, que los humanos ni sospechan que existen –acotaron sonriendo bajo la luna llena.
Los Duendes asintieron, parando por unos minutos su procesión entre las piedras para leer los cielos.

–Sí, sí, sí, aquí vienen, Ojos de Menta y Ojos de Miel, jóvenes e inexpertos, pero pertenecen a los Comandos de Conciencia –dijo un joven Duende de apenas quinientos años, observando las señales de las estrellas–.Tienen hambre de alegría, están tan seguros de que es posible cambiar este mundo agonizante por uno lleno de amor… Ellos saben lo que nosotros sabemos. La Nueva Tierra ya existe pero sólo puede ser vista con ojos nuevos, ojos frescos.

–¡Ojos puros! –acotó uno de los hermosos Elfos que también integraban la comitiva.

–Son tan parecidos a nosotros… ¡Amo a los Comandos de Conciencia! –afirmó el joven Duende, con la voz quebrada por la emoción.

–¡Oh! Por cierto son de los nuestros –dijo el Duende más anciano acariciando su larguísima barba blanca.

–Pero ¿quiénes son y cómo son convocados? –preguntó una joven Duenda sumamente interesada en participar.

–Ellos son todas aquellas personas que están despertando alrededor del mundo. Aquellos que, sin importar su edad, su condición, sus limitaciones, se mantienen eternamente jóvenes en su corazón

–explicó el anciano–. Todos quienes tienen un corazón en llamas, inconformista, atrevido, generoso…
Los Duendes contuvieron la respiración… Los estaba describiendo a ellos mismos.

–Todavía no se conocen entre sí, pero pronto se irán agrupando –acotó el Elfo, que tenía buenas informaciones–. Los acontecimientos que se desatarán en la Tierra naturalmente irán convocando a los Comandos de Conciencia para diversas misiones.

–¿Y cuáles serán estas misiones? –preguntó ansioso el Duende más joven.

–¡Oh! Muchas –dijo el Duende anciano–. Pero todas tienen un solo objetivo: ayudar a los que están preparados a mudarse a la Nueva Tierra. Que no es un lugar físico, sino un nuevo estado de conciencia. Por eso necesitan a los Ángeles, los grandes maestros de la liviandad, expertos guías en elevaciones, vuelos y ascensos. Y los Akatisthos, que nos conectan instantáneamente con ellos. Y también nos necesitan a nosotros, los Elementales, y nuestros secretos y magias de la naturaleza.

–Pero ¿qué es lo que realmente acontecerá en la Tierra en los tiempos venideros? –preguntó el Duende más joven.

–Estamos en un momento crucial –dijo el anciano, muy serio. Su rostro cruzado por mil arrugas indicaba su larguísima vida en esta tierra y su profunda sabiduría–. Queridos, la Tierra se está sutilizando, está pasando a una dimensión totalmente diferente de la que conocemos. Y se está dividiendo. Una parte de la humanidad no sabe cómo o no quiere ascender, la otra busca desesperadamente cómo elevarse para vivir en la Nueva Tierra. Los Comandos de Conciencia serán los encargados de distribuir esta información a quienes sinceramente quieran mutar de estado de conciencia.

–¡Los apoyaremos! –dijo la Duenda, entusiasmada.

–A los Comandos podemos revelarles los secretos. Ellos ya son habitantes de la Nueva Tierra, los esperaremos en nuestros Reinos. Un joven hombre de acción y una valiente mujercita tan dulce como su nombre son bienvenidos y serán custodiados por nosotros –dijo el anciano, muy ceremonioso.

–¡Los Duendes y los Elfos integraremos sus filas! –aseguraron a coro–. ¡Es hora de sumarnos a los Comandos de Conciencia!

–¿Ojos de Menta y Ojos de Miel? ¿Ésos son sus nombres? –preguntó el Duende más joven–. ¿Qué significan?

–Son sus nombres iniciáticos, secretos –le contestó pacientemente el anciano–. Todos quienes han sido convocados por la gran Conspiración Espiritual, llamada también “la Conspiración de los Alquimistas”1, reciben nombres que hablan de sus energías, sus colores personales, sus fuerzas. Y ya se sabe que los ojos son las ventanas del alma. Vienen a buscar los saberes de nuestra magia, a encontrarse con los Ángeles. Debemos protegerlos.

–¡Oh, sí, sí! Los protegeremos –dijeron los Duendes a coro, respetuosamente. La opinión del anciano era sagrada. Es sabido que los Duendes son las criaturas más conservadoras de todos los Elementales.

–Todas las criaturas sutiles buscamos conectarnos con el ser humano –reflexionó el anciano, mirando el cielo–. Es nuestra posibilidad de reintegrarnos en la Gran Redención de lo Crístico. De llegar al punto Omega, a la Nueva Tierra donde toda la Creación regresa a Dios y es asumida por la divinidad. Ésta es la vocación de todo lo creado.
Todos se quedaron en silencio meditando sobre las palabras del anciano. Aunque no entendieran muy bien de qué estaba hablando.
Cuando los Ángeles iluminaron la Montaña con una lluvia de luces fugaces el Pastor susurró dulcemente:

–Sí, es tiempo de revelaciones… Ah, sí –reflexionó–. Las informaciones fundamentales siempre fueron conquistadas por los aventureros del espíritu, esos seres molestos y perturbadores que conozco tan bien… Ahora los llaman “Comandos de Conciencia”. Son cada vez más, están dispuestos a capturar los misterios, a atravesar todo tipo de pruebas y a dejar atrás las tibias comodidades de la vida urbana. Bien, los estaré esperando, ascenderemos los nueve escalones, peldaño por peldaño, ¡y que así sea!
El viento llevó sus palabras al Reino de las Hadas. Todas estuvieron de acuerdo:

–¡Que así sea! –susurraron sobrevolando los prados de manzanilla.
Fue entonces cuando en señal de total aprobación las enigmáticas Salamandras elevaron las llamas de todas las fogatas, encendidas esa noche en la isla de Creta.
Y los viejos demonios ocultos en sus escondrijos, riendo a carcajadas prepararon como siempre, pacientemente, filosóficamente, sus insidiosas trampas.

CRETA
Contuvimos el aliento…
El paisaje era deslumbrante.
Creta se desplegó ante nuestros ojos, enigmática y secreta. Las rocas irradiaban un calor especial que se nos infiltraba debajo de la piel. En cada caverna latía un misterio.
En cada sombra se escondía un dios.
Un viento de tomillo y amapolas traía magias, mitos y leyendas. Estábamos en la sagrada isla donde se gestaron todos los mitos griegos que luego moldearon nuestra memoria colectiva. No era nada extraño que los monjes la hubieran elegido para tener sus experiencias místicas más profundas.
Ojos de Menta me miró sonriendo. Marchábamos juntos, en completo silencio, con esa complicidad especial que da el compartir una misión, dos pequeñas mochilas y los más grandes sueños. Nos habíamos encontrado en Heraklion y, luego de una corta parada en Palaiochora, un pequeño pueblito junto al mar, con ocultas callecitas, casas blancas de puertas y ventanas celestes y calles empedradas, partimos en dirección al Monasterio del Nuevo Amalfion cruzando las montañas por un secreto sendero. Cada tanto, aparecían pequeñas y antiguas capillas de piedra, Agios Giorgios, Agios Paraskevi, Aggia Anna, asegurándonos una y otra vez que allí estaban desde hacía siglos, bien plantados, los antiguos conocimientos espirituales que nos darían un piso firme y estable donde sostenernos. La caminata entre escondidas aldeas de sólo algunas casas, también de piedra, entre olivares y cabras, entre rocas y destellos azules del Mediterráneo, se hizo cada vez más rápida. Y a la vez eterna. Algo en la consistencia del tiempo estaba empezando a cambiar. Seguíamos las indicaciones que aquí y allá nos daban los enigmáticos aldeanos que parecían conocer muy bien el monasterio. De pronto, en la cima de una de las montañas, Ojos de Menta se detuvo…
Y su mirada se encendió con la luz de la aventura. Como un misterioso diamante espiritual incrustado en las escarpadas laderas de las montañas de Creta, el monasterio, el Nuevo Amalfion, brilló llamándonos con toda su imponencia de piedra y mar. Desde la altura donde nos encontrábamos apenas se adivinaba el sinuoso camino de tierra que prometía conducirnos a su misterio. Respiré profundamente el fresco aire del amanecer. Todo el cielo se había inundado de rojo.

–Salve… –Susurré entre los vientos el antiguo saludo a los Ángeles.
Al instante, las nubes formaron un ondulante remolino naranja.
Y el primer rayo de sol iluminó radicalmente el cielo.
Ojos de Menta me abrazó en silencio, con uno de esos abrazos que nos derretían el alma.

–Mira entre las nubes –musitó señalando el cielo–. ¡Entrecerremos los ojos…! Los monjes me aseguraron que los majestuosos Ángeles Principados aparecen en los amaneceres o en los atardeceres. Justo cuando se abren las fisuras entre los dos tiempos –susurró emocionado en mi oído.

–Si son esas nubes que se deslizan delante de nosotros, son gigantescos –le dije conmovida–. Deben medir entre un kilómetro y un kilómetro y medio… Y parecen estar coronados.

–¡Oh, sí! –musitó Ojos de Menta–, tal vez sean ellos. Los monjes me dijeron que comandan a millares de Elementales de los cuatro elementos. Dirigen con sus vuelos a los Duendes y a las Sirenas, a las Hadas y a los Dragones y al reino vegetal. Y están coronados…
Una repentina ráfaga de viento trajo aromas y misterios. El aire olía a frutas, a flores y a miel. Las campanas del monasterio iniciaron su irresistible llamado.
Los monjes comenzaron sus rezos matinales y se postraron sobre las antiguas piedras de la capilla. Entonces, en una enérgica marcha, iniciamos el vertiginoso descenso hacia el mar. Y las cabras se arremolinaron lentamente alrededor del monasterio.
Como esperándonos.
Como si hubieran sabido que estábamos cerca.

–Salve –dijo Ojos de Menta tocando tres veces la pesada aldaba de la puerta del monasterio.
–Salve –susurré.
Nada… silencio absoluto.
–Salve –murmuré una vez más, apretando el mensaje en mi mano.
–Ha llegado el tiempo de saber –murmuró por fin una misteriosa voz del otro lado de la pesada puerta de madera.
–¡Y de tomar el compromiso de proteger la Nueva Tierra! –Casi grité la respuesta convenida, mientras mi corazón latía como un tambor de guerra.
La puerta se entreabrió lentamente…
–Kalimera, buenos días –dijo alguien en griego–. ¿Quién los envía? –susurró la voz.
Deslicé el mensaje por la hendija de la puerta entreabierta.
Los pájaros dejaron de cantar, la brisa pareció detenerse. Contuvimos la respiración.
Del otro lado se escuchaban voces. Cuchicheaban. Nos miramos preocupados. La puerta comenzó a abrirse lentamente.
–Adelante, Ojos de Miel y Ojos de Menta –murmuró la voz de un monje, por fin. Una oleada de perfumes y colores del cuidado jardín del monasterio se abalanzó sobre nosotros dándonos la bienvenida–. Soy el Guardián de la Puerta –dijo el monje escuetamente, a modo de presentación. Era imponente, alto y corpulento, estaba íntegramente vestido de negro y su larguísima barba entrecana llegaba casi hasta el piso; su rostro estaba curtido por mil vientos. Nos atravesó con una mirada abismal. Al vernos temblar agarrados a nuestras mochilas sin saber qué hacer, acotó jovial–: Criaturas, sabíamos que iban a llegar algún día. Estábamos esperando estas miradas frescas y llenas de preguntas. ¡Es una gran alegría recibirlos en el Nuevo Amalfion!
Suspiramos aliviados.
Sonrió tiernamente y envolviéndonos en un cálido abrazo susurró:
–Podrán acomodarse en la pequeña habitación a orillas del mar. Según nuestras antiguas reglas monásticas está lista para albergar a todo peregrino que, a cualquier hora del día o de la noche, toque nuestra puerta. Síganme, es por aquí –ordenó sin más preámbulos, iniciando la marcha.
Caminamos detrás de él como en un sueño, atravesando en la semipenumbra del amanecer los jardines más hermosos que jamás hubiésemos visto. El aura del monasterio nos envolvió en perfumes y silencio, en paz, en dulzura, en misterio. Todo allí era embriaguez de Dios y abrazo de Cielo. De pronto nada necesitábamos, ya nada queríamos saber… Algo se había expandido dentro de nosotros, caminando bajo las estrellas del cielo de Creta sólo queríamos sentir nuestro corazón latiendo, latiendo, latiendo. Cada vez más fuerte.
–Aquí pueden quedarse –dijo el Monje Guardián señalando una pequeña construcción a orillas del mar.
–Señor, Padre… –dije tímidamente, sin saber cómo nombrar al Monje–. Nos dijeron que debíamos pedir el Mapa. Ni bien llegáramos al monasterio.
–¡Oh! Sí, claro, aquí lo tienen –dijo sacando bajo el hábito un papiro prolijamente doblado–. Éste es el Mapa. Todas las indicaciones están allí. Pueden estudiar el recorrido cuando amanezca. Duerman tranquilos y partan mañana después del servicio religioso, con todas las bendiciones –agregó sonriendo beatíficamente.
Nos dormimos entre las olas y los vientos de Creta.
Entre antiguos rezos y misteriosos cantos.
No sé cómo fue posible, pero escuchamos claramente los profundos susurros de los monjes que oraban en sus celdas a la luz de las velas.
–Señor Dios, Padre de los Cielos, ten piedad de nosotros –suplicaban, imploraban–. Señor, te rogamos, postrados ante Ti te pedimos luz, alegría, inocencia. –Sus voces eran cada vez más potentes–. No sólo para nosotros, tus humildes siervos, sino para este mundo agonizante de tristeza, miedo y desamor, Señor, te pedimos, te rogamos humildemente: envíanos una lluvia de fuerza, de abrigo, de paz. Señor, libéranos y transfigúranos con tu Amor.
Luego sabríamos que los monasterios sostienen el mundo con sus oraciones litúrgicas y del corazón. Y los budistas con sus profundas meditaciones y los hinduistas con sus ritos. Y que todos nosotros también sostenemos el mundo sustentando nuestros sueños, manteniendo nuestra fe en la belleza y librando nuestros heroicos combates contra el desánimo, a pesar de todo. Y que los Ángeles tienen una tarea fundamental: sostenernos para que podamos sostener el mundo.
A pesar de todo.

–Escucha –dijo Ojos de Menta en estado de alerta–. ¿Qué es ese ruido?
Eran como pezuñas, como garras. Rasgaban las piedras, parecían provenir de todas direcciones. ¡Estábamos rodeados!
Contuvimos el aliento… Los sonidos apagados y amenazantes eran cada vez más numerosos. Estábamos sitiados. Estábamos perdidos…
No nos movíamos ni un milímetro, esperando alguna señal, o un fatídico ataque de quién sabe qué entidades o personajes. ¿Quiénes eran y qué querían de nosotros?
Pronto amanecería, pero la penumbra aún cubría todo con un manto de peligro.
–¿Quién vive? –pregunté con un hilo de voz, como lo había visto hacer en las películas.
Nada… Allí fuera había cada vez más garras, más pies, más alientos extraños, más presencias.
–¿Serán de-… de-… mo-… ni-…? –No me atreví a completar la frase. Sabía que los monjes tenían encarnizadas batallas con ellos. Comencé a invocar la presencia de las Potestades; algo había escuchado acerca de los poderes exorcísticos de los Ángeles Guerreros comandados por el Arcángel Miguel.
Las garras allá fuera eran más y más. Un sudor frío corrió por mi frente. Nos abrazamos tiritando de miedo y conteniendo la respiración.
–Me… me comentaron que por estas comarcas todavía viven ciertos gatos salvajes. Son enormes y los llaman… “fourokattos”, gatos furiosos… –dije temblando–. ¿Serán ellos?
De pronto las campanas del monasterio comenzaron a repicar en la madrugada y se nos infiltraron debajo de la piel. Y el primer resplandor de sol tiñó las ventanas de rojo. Rojo fuego, rojo sangre.
Sigilosamente, casi en éxtasis, sintiéndose protegido por las campanas, Ojos de Menta se deslizó hacia la ventana entreabriéndola apenas.
–Cabras. ¡Mira, son sólo cabras! Caaaaaaaabraaaaaaas –gritó, riéndose a carcajadas. Una estampida de campanas y pezuñas estalló alegremente en la mañana de Creta junto con los primeros rayos de sol. Las criaturas, asustadas, saltaron en todas direcciones, escondiéndose entre las piedras.
Preparamos nuestro desayuno de campaña en sólo unos minutos, tal como lo hacíamos siempre en nuestras frecuentes aventuras y excursiones en la naturaleza. Juntando algo de leña, encendimos una pequeña fogata, y cuando el café estuvo listo y humeante y los panes untados con manteca y miel, una decena de cabras de todos los tamaños y colores, tal vez atraídas por los aromas, regresaron saliendo de sus escondites en las piedras, rodeándonos lentamente, insistentemente. Una a una, estuvieron más y más cerca, hasta que las pupilas rectangulares formaron alrededor nuestro una extraña pared de miradas fijas e inteligentes.
–No te muevas –susurré a Ojos de Menta–. Algunas cabras tienen mensajes enrollados en sus cuellos. Creo que debemos tomarlos. –Suavemente, como en un movimiento zen, impecable y preciso, obtuvimos cinco pequeños papiros prolijamente numerados. Los primeros mensajes del sagrado viaje habían llegado a nosotros para guiarnos.
–Abre el primero –susurré con un hilo de voz.
–“El don de la divinización se da a toda criatura uniéndola con los Ángeles. Talasio Líbico y Africano, siglo VII d.C.” ¡Es un mensaje de uno de los Padres del Desierto! –dije emocionada–. Recuerdo este nombre. Es un hesicasta. Uno de los “Apasionados”. Así llamaban a estos intensos buscadores de Dios.
–Continúa leyendo. –Ojos de Menta no podía aguantar la curiosidad.
–“El rescate de los Akatisthos ha dado comienzo. Prepárense para entrar a una dimensión temporalmente separada del resto de la Tierra, llamada ‘la Montaña Sagrada’. Ella los iniciará en el misterio del silencio. Y en sus escarpadas laderas conocerán el Soplo del Espíritu. A medida que vayan ascendiendo, nueve Vientos Angélicos los atravesarán elevándolos. Más y más. Y cambiarán totalmente su estado de conciencia. Los caminos de esta Montaña son poderosos senderos de iniciación y fueron construidos en tiempos inmemoriales por sabios y enigmáticos pastores, monjes y eremitas, con ayuda de los mismos Ángeles. Ya que ellos eran los guardianes de los Akatisthos, los secretos códigos de contacto con el Reino Angélico. También anduvieron por aquí los legendarios Padres del Desierto, quienes, siguiendo los latidos de su corazón, recorrían estos mágicos senderos buscando incansablemente a Dios en los vientos, en las rocas, en las nubes, en el silencio. Sus palabras de aliento y consejo están grabadas profundamente en ciertas piedras secretas que los guiarán en el camino. Así como lo harán estos papiros cuando necesiten ayuda. Cuando encuentren las puertas cerradas. Cuando estén confundidos, cuando estén desorientados. Cuando estén asustados. Los Ángeles estarán siempre cerca de ustedes. Desde la Nueva Tierra, los bendigo.”
Respiramos profundamente. Se nos llenaron los ojos de lágrimas. Ebrios de belleza, releímos una y otra vez el papiro.
–Estamos en medio de la aventura más grande que jamás hubiéramos soñado –musité mirando el tibio amanecer de Creta.
–¿Quién nos habrá enviado este mensaje? –susurró apenas Ojos de Menta apretando el papiro contra su pecho.
–No lo sé, pero serán fundamentales –le contesté quedamente–. Deberemos saber muy bien cuándo consultarlos.
–Ahora: el Mapa –dijimos al unísono. Lo desplegamos lentamente.
Era un gran papiro hermosamente ilustrado, con una misteriosa cúpula que contenía altas montañas y profundos mares, nubes y abismos, fogatas, vientos y una lluvia de estrellas que bañaban el paisaje con una luz resplandeciente.
–¡Es maravilloso! –dije asombrada–. ¿En verdad recorreremos estos Reinos?
La Montaña Sagrada estaba emplazada justo en el centro. Atravesada por nueve vientos. Desde su cima, un majestuoso Ángel nos sonreía bajo un sol resplandeciente. A su izquierda un misterioso Duende nos observaba bajo un arco iris, mostrando el Reino de la Tierra, y una Sirena asomándose entre las olas señalaba allá abajo el Reino de las Aguas. A la derecha, una llamarada, indicando el Reino del Fuego, se elevaba a los cielos dando vida a un mítico Dragón. Y navegando en un remolino de viento, un Hada sonreía desde el liviano Territorio del Aire.
–Concentrémonos en la primera etapa de nuestro viaje –dije, recuperando el aliento–. Mira, aquí hay un papiro más pequeño con un detallado recorrido del ascenso a la Montaña Sagrada.
Una leyenda decía: “Peregrinos, el sagrado Reino de los Ángeles sólo se conoce escalando uno a uno los nueve peldaños de la Escala de Jacob, la Escala de la Conciencia. La Escala de Jacob es un código de iniciación. La antigua Ciencia Sagrada de la Angelología revela, a través de los Nueve Coros de Ángeles, los pasos para ascender a otros niveles de conciencia. Sigan las señales, ellas los guiarán para atravesar los Nueve Vientos y llegar a la cumbre. Desde la Nueva Tierra, los bendigo.”
–Ahora entiendo lo que me anticipó el Monje Mensajero antes de partir –dijo Ojos de Menta–. “La Escala de Jacob es un código de iniciación.” –leyó nuevamente–. Los Nueve Vientos son en realidad niveles vibratorios cada vez más elevados, que deberemos alcanzar y sostener –susurró emocionado.
–¡Aquí están las claves para salir de los interminables laberintos en los que nos movemos! –dije asombrada, mirando el Mapa–. ¡Oh, sí! Ascender. Atravesar las barreras de la indeterminación. ¡En un fuerte impulso, arrancarnos de las dudas y subir! Ésta es sin duda la única manera de liberarnos de falsas ilusiones y de traspasar las duras pruebas emocionales de estos y de todos los tiempos.
–Por cierto, cada uno de los Nueve Coros Angélicos debe contener un poder, una clave iniciática para liberarnos –dijo Ojos de Menta–. Y esto es lo que simbolizan los Vientos. Tenemos que llevar esta información a todos los Conspiradores del Espíritu. Tantos seres podrán finalmente salir de sus laberintos…
–Jamás tuve en mis manos algo así –dije abriendo los ojos más y más–. ¿Te das cuenta de que tenemos un detallado Mapa para elevar la conciencia? Para poder vivir en nuestro mundo, necesitamos liberarnos de sus redes y sus tentáculos –dije enfáticamente–. Todos sabemos que la atmósfera psíquica de la Tierra está contaminada. Para curarla y curarnos tenemos que sobrevolar la zona de conflictos y establecernos en otros niveles de energía, más sutil, más liviana… La Nueva Tierra. Y desde allí accionar.
–¿Y quiénes mejor que los Ángeles podrán sostenernos en esas alturas de conciencia? –reflexionó Ojos de Menta.
–¡Oh! Sólo elevándonos, realmente elevándonos podremos salir del caos y la desesperanza. Creo que por esto los monjes decidieron que era urgente entregarnos todos los Akatisthos Angélicos. Presiento que son unas muy potentes armas espirituales para moverse mágicamente en la Tierra –dije observando el misterioso Mapa.
–Y para construir un contacto fraternal e intenso con los Seres Sutiles –dijo Ojos de Menta mirando el sol, que estaba comenzando a aparecer en el horizonte.
–Amanece, es hora de partir… –dije acariciando a las cabras, que seguían rodeándonos con sus ojos fijos. Esos extraños ojos rectangulares tan llenos de preguntas. O tal vez de respuestas que sólo la naturaleza puede dar.
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Vamos a hojear el libro?.
Lo abrimos en la página 32…
Una sentencia de Nilo el Asceta, uno de los sabios Padres del Desierto, nos revela el poder de la humildad para frenar el accionar de los demonios y mantenerlos fuera de nuestra aura.

“–La batalla que se libró en los Cielos se libra también en nuestro interior hasta que decidimos dejar las dudas y saltar confiadamente a los brazos de Dios –susurró el Pastor–. Tendremos que elegir entre la inercia y la voluntaria decisión de ascender, o sea, de dirigir todas nuestras fuerzas hacia lo más elevado y puro –dijo el Monje–. Y, por supuesto, los demonios tratarán de detenernos hasta que los Ángeles intervengan –acotó respondiendo a nuestra pregunta.
–¿Có-… cómo lo harán? –pregunté temblando como una hoja.
Ojos de Menta estaba pálido. Las cosas se estaban poniendo serias.
–Les responderé con palabras que Nilo el Asceta, uno de nuestros sabios Padres del Desierto, dijo en el siglo V: “Cultiva gran humildad y coraje y la ofensa de los demonios no atacará a tu alma y el flagelo no se acercará a tu tienda, porque por ti ordenará a Sus Ángeles que te custodien. Y éstos invisiblemente alejarán de ti toda la operación del adversario.” Criaturas, no tengan miedo… –dijo el Monje Guardián, dulcemente–. Es tiempo de santificarnos, palabra que generalmente rechazamos y que no tiene ninguna connotación moral. –Su mirada resplandeció–. Santificarnos, estrictamente, quiere decir… sanarnos. ¡Ah, sí!… Me han enseñado en el monasterio esta simple pero poderosa verdad: el Mal sólo puede ser curado de raíz por nuestra cercanía a la santidad de Dios. Y sabrán si están cerca de Dios observando las escenas que se les presenten fuera. Recuerden siempre que el mundo visible es sólo un reflejo del mundo invisible, lo que es abajo es como lo que es arriba.”

Hojeamos la página 40?…
Allí el Pastor nos enseña uno de los mas antiguos Akatisthos : La Oración del Corazón.
“La Nueva Tierra existe. Y muchos ya se están mudando a ella. Es un nuevo estado de conciencia cuya principal característica es la compasión. Hay una antigua letanía monástica revelada por los Padres del Desierto que tiene el poder de despertarla. Y de curar los corazones entristecidos y asustados. Es mágica. Resquebraja la muralla de defensas que construimos para sobrevivir en un mundo sin Dios, nos inunda de alegría.
La brisa trajo un dulce aroma a rosas y violetas. Respiramos deleitados…
–Más adelante aprenderán a interpretar todas las señales, aún las de los Vientos –dijo el Pastor sonriendo–. Ellos dicen que llegó el tiempo de entrar en el encantamiento del primer Akatistho.
Contuvimos el aliento.
–Es el Akatistho del Corazón. Es muy antiguo y fue revelado al mundo por los Padres del Desierto hace muchos años. Tal vez ya lo conozcan, es llamado “la Oración Continua” y también “la Oración del Corazón”.
El Pastor respiró profundamente, cruzó ceremonialmente las manos sobre su pecho, cerró los ojos y pronunció lentamente estas palabras:
Señor Jesucristo, Hijo de David,
Ten piedad de mí, pecador.
Una, diez, cien veces…
Una, diez, cien veces el Akatistho nos envolvió en su dulzura. Lo repetimos letárgicamente: “Señor Jesucristo, Hijo de David, ten piedad de mí, pecador…”. Una y otra vez. Una y otra vez. Hasta que nos quedamos sin pensamientos.
Y, con los ojos cerrados, escuchamos al Pastor susurrando, como entre sueños:
–“Señor” indica el reconocimiento a la jerarquía espiritual. “Jesucristo” invoca la fuerza crística, la purísima y total vibración del amor. Es la fuerza más revolucionaria y más absoluta que conocemos –dijo–. “Hijo de David” hace referencia a su origen y linaje sagrado y nos conecta a través de su nombre a nuestras propias sagradas raíces judeocristianas. “Ten piedad”: este humilde pedido nos pone instantáneamente bajo el amparo del Cielo y nos transforma en niños. Nos permite sentir compasión por todas estas experiencias que debemos atravesar en la Tierra, como podamos, muchas veces tan perdidos, hasta que comprendemos que el único camino es pedir auxilio a Dios. “De mí, pecador” es el reconocimiento de nuestro único gran pecado, origen de todos los pecados: nuestra insistente falta de amor. “Señor Jesucristo, Hijo de David, ten piedad de mí, pecador…” –salmodió el Pastor, una y otra vez, una y otra vez.
Completamente seducidos por el antiguo encantamiento, en cada repetición, nuestro corazón levantaba más y más vuelo.
“Señor Jesucristo, Hijo de David, ten piedad de mí, pecador…”
“Señor Jesucristo…” Cayeron los pesos, las dudas se resquebrajaron. “… Hijo de David…” Las heridas emocionales comenzaron a cerrarse. “… ten piedad de mí…” Una nueva luz limpió tristezas y desesperanzas. “… pecador…” Los miedos se disolvieron. Estábamos livianos… cada vez más livianos… cada vez más angelizados.
Y alegres, tan alegres que apenas podíamos contener los latidos de nuestro corazón, de repente libre, disponible, vacío para recibir algo realmente nuevo.
De pronto el Viento se hizo más fuerte y más fresco.
Las cabras se arremolinaron dulcemente alrededor nuestro.
Los olivares se estremecieron y sus ramas se inclinaron humildemente en señal de reconocimiento.
–Ha llegado el Viento de Laurel –susurró–. Los Padres del Desierto lo llaman “el Viento de la Victoria”. –Las ráfagas eran fuertes y energizantes. Respiramos profundamente… Pequeñas hojas de laurel volaban en los aires como bandadas de mariposas–. Este Viento siempre nos anuncia una victoria espiritual –dijo entrecerrando los ojos, escuchando quién sabe qué palabras secretas–. Recuerden este momento –dijo mirándonos con esa luz abismal que sólo tienen los iniciados. Y musitó–: Toda invocación que se hace a través del Cristo es poderosa. Y más aún. Es irresistible. Y es total.
Seguimos leyendo…

El Pastor fue uno de los misteriosos Maestros que guiaron a Ojos de Menta y Ojos de Miel en los primeros peldaños de la Montaña Sagrada. Pero mas adelante, ciertos monjes guerreros; los míticos Templarios, los acompañaron en el ascenso, y les revelaron esta antigua Letanía de Poder: El Akatistho del Arcángel Miguel.
Encontrarás este Texto en las páginas:116, 117 y 118.
“…Eran cientos, aparecieron de golpe entre nosotros, iluminados, con largas túnicas blancas y capas amplias que se arremolinaban a su paso. Tanto en la túnica como en la capa llevaban una cruz rojo sangre de cuatro brazos iguales. Eran potentes, eran marciales. Eran los Monjes Guerreros. Salmodiaron con una sola voz:
Arcángel Miguel, rescátanos. Arcángel Miguel, oriéntanos.
Príncipe de todos los Arcángeles, de nuestras ataduras
¡Libéranos!
Estábamos rodeados, marchando al mismo paso marcial, casi no podíamos distinguirlos. Parecían ser todos iguales. Eran los míticos soldados de Cristo.
–¿Serán Templarios? –murmuré a Ojos de Menta, quien marchaba extasiado.
No me contestó.
Absorto, marchaba al paso de los Monjes acompañándolos en la fascinante letanía:
Bendito seas, llama que consume todos los miedos.
¡Oh! Tú, santo Guerrero del Fuego,
Purifícanos.
Arcángel Miguel, rescátanos. Arcángel Miguel, oriéntanos.
Arcángel Miguel, con tus alas ardientes
Cúbrenos.
Santo Ángel de la Justicia,
¡Auxílianos!
Muéstranos la dirección segura, el camino correcto.
¡Condúcenos!
Sus voces sonaron lejos, muy lejos.
Estaba libre, liviana, sin temores, sin suposiciones, sin reminiscencias.
Llama Divina. En la Luz haznos fuertes.
Aleja de nosotros los espíritus inmundos.
¡Llévatelos!
Los ojos de los guerreros de piedra comenzaron a centellear.
Y también los de nuestros compañeros, que marcialmente recitaban el Akatistho marchando a paso sostenido entre la hilera de los gigantescos ángeles de piedra.
Vi que nuestros ojos también brillaban con la misma luz. Una tenue neblina nos envolvió en el más completo misterio. Los guerreros alados sonrieron allá arriba. Les sonreí desde abajo, confiadamente. Movieron las alas y se iluminaron con un intenso resplandor… Una oleada luminosa brotó desde dentro de nosotros y nos inundó por completo. Era un inmenso océano de fuego.
El Monje Guerrero salmodió desde muy lejos:
Que queden encadenados en el centro de la Tierra
Hasta el día del Juicio Final.
Amén. Que así sea.
Los Templarios repitieron una a una las palabras de poder.
Ojos de Menta se transformó en una centella de luz; el Monje que nos guiaba, en una fogata de luz; los Guerreros, en llamas ardientes. Me disolví en un fuego sagrado.
Y cuando toda Creta se transformó en una inmensa hoguera, el Arcángel Miguel descendió lentamente envolviéndonos con su luz.
Y muy cerca de la cumbre, el Eremita de las Noventa y Nueve Velas: un enigmático Maestro que mora en las mas grandes alturas de la Montaña Sagrada, reveló a Ojos de Menta y Ojos de Miel los secretos efectos de la Letanía de los Serafines. Prueba tú también, pronúnciala con poder, dejando que cada palabra te inunde con su luz. Déjate llevar y verás que en apenas unos instantes….¡Levantas vuelo!”
Quieres conocer la Letanía a los Serafines?… Busquémosla en las páginas 214, 215 y 216.
“Unimos nuestras manos en el antiguo Mudra de oración.
–Criaturas, recuerden esto: si estamos agotados, si llegamos a ese punto donde sentimos que ya no podemos más, debemos solicitar al Padre que nos ponga en seguida bajo las alas de un Serafín. Sólo así podremos comenzar de nuevo con una total renovación en la frescura y en la gracia inicial. Si sentimos que nuestra vida no es luminosa, podemos pedir a los Serafines más brillo, más resplandor, más realeza.
Suspiramos conmovidos. Cuántas veces habíamos sentido esto y no habíamos sabido a quién recurrir.
–Y podemos pedir la inmediata intervención de un Serafín para terminar con la soledad, el aislamiento y la incomunicación. Una virulenta epidemia de nuestro tiempo. Todos los Ángeles, pero especialmente ellos, son los mensajeros directos del amor incondicional.
Ni bien hubo pronunciado estas palabras, comenzó a soplar un fuerte Viento. Y, como anticipando una tormenta, trajo un aroma a hierba mojada, a menta, a laurel.
–Benditos sean –susurró el Eremita.
En ese preciso momento comenzó a caer una lluvia de estrellas. Eran de todos colores, de todos los tamaños. Blandamente, dulcemente, iluminaban la niebla con un suave resplandor. El manto del Eremita, las rocas cercanas, nuestras manos, todo se había cubierto con luz y brillaba tachonado de estrellas. Nos miramos. Nuestros ojos reflejaban un cielo encantado.
Bajo su capucha, el Eremita sonrió. Ésa era la señal esperada. Los Serafines habían desatado el temporal de Luz.
–Es un aguacero de dichas –susurró–. Muchas veces caen estas lluvias del Cielo y no nos damos cuenta. En la Antigüedad, se llamaban “diluvios de maná”.
Respiramos embelesados absorbiendo las bienaventuranzas. Y silenciosos suspiros atravesaron la niebla. Las Hadas, los Duendes, las Ondinas, las Salamandras inspiraban ávidamente el delicioso maná, como lo venían haciendo desde hacía miles de años. Teníamos tanto que aprender de ellos…
–Criaturas, respiren, inspiren, reciban las bendiciones de las estrellas. Pronunciaremos ahora el antiguo y bendito Akatistho de los Serafines, para que donde estén, tantas veces como lo necesiten, puedan repetir este instante sagrado y elevarse a la Luz.
Se puso de pie y juntó sus manos en señal de oración. Nosotros hicimos lo mismo.
Inclinó su cabeza y cuando cerró los ojos en total recogimiento… levantamos vuelo.
Salve, Santos Serafines que rodean el trono de Dios.
Rescátennos de todo desamparo. Gracias.
Revívannos de nuestro agotamiento. Gracias.
Embriáguennos vertiginosamente de Dios. Gracias.
Ayúdennos a comenzar de nuevo. Gracias.
Santos Serafines portadores del ascua incandescente,
Enciéndannos con su Luz. Gracias.
Particípennos su potencia. Gracias.
Restáurennos en la inocencia. Gracias.
Revélennos nuestra misión. Gracias.
Santos Serafines de innumerables ojos adoradores de la Luz,
Rescátennos de la soledad. Gracias.
Acérquennos a los que están lejos. Gracias.
Renueven nuestra fe. Gracias.
Devuélvannos la confianza. Gracias.
Santos Serafines con seis alas de cobijo y protección,
Con el majestuoso manto de Dios
Cúbrannos,
Para que con ustedes podamos aclamar eternamente:
Santo, Santo, Santo
Es el Señor Dios del universo. Dios Sabahot.
Llenos están los Cielos y la Tierra de Su gloria.
Hosanna en las alturas.
Bendito el que viene en el nombre del Señor.
Hosanna en las alturas.
Amén. Que así sea.
Mareados, radiantes, abrimos los ojos y los brazos. Estábamos llenos de Dios.
Cuando llegues al final de esta Guía 1,“Una sagrada expedición al Reino de los Ángeles”, habrás alcanzado la cumbre de la Montaña Sagrada. Entonces atrévete a descender con Ojos de Menta, Ojos de Miel, la Maga, el gato Arturus y el Alquimista a las profundidades de la Caverna Mágica.
Encontrarás la puerta de entrada en la Guía 2, “Una mítica travesía al Reino de los Duendes y las Sirenas”…¡Buen Viaje!